Avistamientos

Retórica fantoche y autocombustión.

Figurilla de porcelana de Staffordshire de la década de 1860 que representa al predicador C. H. Spurgeon en el púlpito.

Cada cierto tiempo, se puede comprobar fácilmente en la hemeroteca, se monta un revuelo en torno a las declaraciones de alguien que parece haber decidido hablar sin tapujos y manifestar lo que otros piensan y no se atreven a decir. Una de las prácticas cada vez más frecuentes en el terreno de juego de la “opinión pública” es la nueva épica del bocazas. Son de esa gente que no duda sobre lo que dice y que cree estar llamando pan al pan, y al vino, vino. Es muy visible en ciertos periodistas mamporreros y políticos desahuciados que pasan a engrosar las nóminas de las tertulias televisivas, y su estrategia es sencilla: provocar. A veces de manera involuntaria, es cierto, por pura autosugestión, pero con el objetivo más o menos consciente de llevar a la audiencia o a su interlocutor a un terreno enfangado.

Así es, una parte de los actores públicos basan su estrategia en decir burradas con convicción, o intentando demoler los supuestos prejuicios progresistas y bienpensantes que padecemos los demás, y que para ellos no son sino una forma de hipocresía social dominante. Quizá la figura de Donald Trump sólo sea el caso más visible en estos momentos, un personaje cuya gestualidad histriónica y sus declaraciones son parte de una estrategia que revela un peligro real si personajes como él alcanzan el poder. Una gestualidad que recuerda poderosamente a las muecas de líderes de otro tiempo, a los tics disparatados de Mussolini o sus balanceos autosatisfechos sobre los brazos cruzados después de haber dejado en el aire alguna frase lapidaria con la que creyó que sería recordado. Curiosamente lo que se recordará siempre serán sus gestos. Y podría parecer forzada la comparación si no fuera porque el propio Trump no tiene inconveniente en tuitear una de aquellas sentencias de Mussolini tratando quizá de rescatarlas del eclipse que provoca las muecas parecidas a las que él hace hoy día. De ello informaba la revista colombiana Semana ilustrándolo con una elocuente comparativa:

En cualquier caso, en la actualidad, Donald Trump no estaría solo en un imaginario desfile internacional de fantoches, que tendría por cierto una notable representación la marca España. Al afirmar los tópicos más brutales, al retornar a creencias reaccionarias supuestamente desterradas, aventan fantasmas a los que esa izquierda difusa, la que se mueve por adhesiones más bien estéticas, reacciona mostrando su infantilismo. Los que se tienen por progresistas se lanzan a la defensa de valores contra la injusticia manifestada por el fantoche, y comienza el intercambio de los estigmas y de las simplificaciones. Porque esa retórica, como ocurre con otras formas del lenguaje, tiene la cualidad de ser extremadamente contagiosa. En esto, como degradación pretendidamente jocosa de un lenguaje compartido en eso llamado “esfera pública”, el comentario intempestivo opera también como degradación de la palabra. Y debe de tener su razón de ser que uno de los últimos eructos mediáticos lo haya emitido un recién nombrado académico de la lengua como Félix de Azúa. Uno de los personajes que aparece en un libro que hace recuento de La desfachatez intelectual, escrito por Ignacio Sánchez Cuenca. Sin duda una obra sintomática en sí misma de lo que aquí trato de decir, aunque en cuanto a su contenido comparto plenamente la lectura que de él ha hecho Justo Serna. En cierto modo, parecería que el texto de Sánchez Cuenca quedara, a su vez, contagiado por la celebración misma de la desfachatez, como si nos rompiera una piñata llena de perlas soltadas por algunos de esos personajes ya públicos en distintos desatinos.

Porque el problema no afecta sólo a periodistas y políticos, sino a cualquiera que tenga una pequeña tribuna desde la que hablar, que últimamente es todo el mundo por obra y gracia de las redes sociales. Así es como se contagia: mediante reacciones en cadena de réplicas y adhesiones más o menos tibias a las opiniones de otros, y se produce entonces una falsa pero gratificante sensación de justicia mediática. Todo esto ya lo sabemos. Responde a eso que he denominado “el eco del Spam”. Ahí están también los participantes entusiastas en los linchamientos tuiteros contra cualquiera que manifieste una opinión contraria a lo que le susurra la secta de la que se sienten miembros, y que sólo está en sus cabezas.

No estoy seguro de si es una estrategia programada o si forma parte de una dialéctica más elemental que se relaciona con la tendencia generalizada a responder a estímulos sin reflexión, exactamente como operan los dogmas de cualquier signo ideológico. Es muy probable que sea una combinación de ambas cosas porque, al final, esos que lanzan los aullidos de guerra contra aquellos a los que sitúan en el bando enemigo, creen saber, con la ayuda de los años de servicio público, que la política no se diferencia demasiado de un estadio de fútbol en el que la presión psicológica contra el contrincante es parte del juego.

Porque parecería que lo más apropiado ante semejantes salidas de tono fuera ignorar el exabrupto, como cuando alguien dice algo inapropiado y se hace un silencio durante un instante para luego continuar como si no se hubiera oído nada. Pero no. Lo que ocurre suele ser lo contrario, un montón de contestadores buscan un lugar perfectamente simétrico en la oposición al malvado, un lugar cuyo pretendido antagonismo justificaría el hecho de decir otra estupidez, como si con ello se neutralizara la ofensa.

Ilustración de George Bellows aparecida en el Metropolitan Magazine de mayo de 1915 que representa al primero atleta y más tarde predicador Billy Sunday

Sin embargo, mucho me temo que, aunque la derecha haya dado algunos de los mejores fantoches de nuestra historia reciente, no son los únicos que últimamente se quedan muy a gusto después de evacuar opiniones urgentes sobre las cosas complejas. Por lo que llevamos visto desde hace unos años, esto empieza a perfilarse como un estado de ánimo generalizado que se justifica a sí mismo por la inocuidad de las hostilidades en el mundo de la doxa. Es esa reconocible escalada verbal por la que los contendientes se van comprometiendo a sí mismos con sus palabras gruesas, a través de la hipérbole y la expresión de un odio que va cerrando las puertas del regreso a la racionalidad, que a golpes irreversibles pierde la referencia de la escala real de las cosas, en una ira que no para de crecer y que va sustituyendo las ideas por los gestos.

De las polaridades entre “el Ser” de derechas o de izquierdas, y de las retóricas fantoche, surge una fantasía de radicalidad cada vez más sospechosa. Si los que dicen cosas gruesas para que otros les insulten esperan activar algún resorte, el que activan es el de una impostura política que vacía de contenidos las convicciones. Se puede reconocer en ese tipo que no pierde ocasión para recordarnos su pasado de militancia la izquierda radical (habría que pedirle más detalles, a ver en qué queda finalmente la cosa). En la derecha, mientras tanto, se cree que la radicalidad es siempre la de los otros, que ellos son sólo “realistas”, lo que resulta bastante más preocupante todavía. Lo cierto es que la radicalidad se agita como una nueva etiqueta que, si por un lado sirve para gestionar un miedo indefinido que se relaciona con fantasmas del pasado y justificar condenas desproporcionadas a pequeños actos de infantilismo; por otro, se exhibe como un galón de viejos militantes de ideas muy arraigadas, aunque en realidad en la mayoría de los casos sus vidas no pasen de ser modestamente socialdemócratas.

La única manera de vacunarse contra esa retórica, aunque sea dolorosa, podría consistir en llegar a la conclusión de que todos tenemos un fantoche dentro, debemos hacer un ejercicio de higiene para reconocerlo. Sí, me refiero a esos sofocos que sufrimos a veces cuando nos sorprendemos a nosotros mismos llenos de rabia polemizando acaloradamente con interlocutores imaginarios, cuando recargamos el impulso de la agresión verbal por todo aquello que debimos haber dicho o que nos juramos que le diremos al día siguiente al blanco de nuestras iras, esta vez con todo lujo de detalles y matices cáusticos. En ese momento, también solemos visitar como acreedores a los distintos habitantes de nuestros infiernos en el intento siempre frustrado de ajustar cuentas. Y, en ese momento, al descubrir que todos ellos son intercambiables en el fondo de la ira que nos consume, deberíamos comprender que estamos inmersos en un proceso de autocombustión. Motivos habrá, por supuesto, la cuestión es por qué decimos lo que decimos, a quién se lo decimos en realidad, y cuál es el verdadero origen de las frustraciones. Mientras tanto, si llegamos a pronunciar nuestros juramentos, las palabras se vaciarán del significado que las unía precariamente a una realidad compartida y que poco a poco perdemos de vista al empeñarnos en construir esas ficciones de la revancha. Ficciones que esconden una rabiosa impotencia ante la mera existencia del otro, que esconden también la sospecha de que el enemigo siempre tiene algo de razón sobre nosotros.

[Publicado en El Estado Mental y recogida por esferapública].

junio 16, 2016 | Leave comment

Flora intestinal

En el contexto de las ciudades pequeñas, con sus cuotas de poder asignadas por la centralidad y por el mundo global, algunos cargos institucionales son sorteados entre los que se consideran hijos legítimos de las burguesías locales. No es necesario echar mano del nepotismo, los propios poderes externos, ya sean multinacionales o estatales, buscan entre esos representantes autóctonos un vínculo con el poder local. El alcalde o el presidente autonómico no tienen que sugerir nada, la empresa o la institución visitante ofrece candidatos de su gusto con la esperanza de obtener algunas ventajas, o en todo caso ahorrarse algo del rozamiento con el siempre particularísimo carácter local. De ese modo, los poderes de toda índole, en su inscripción sobre un territorio, se vuelven también reaccionarios y se adhieren a las inercias del lugar. La importación se hace intolerable frente a los valores de la tierra, siempre amenazados, así que hay que adaptarla a esa palabra tan fea que es “idiosincrasia”. En algunos casos, la pura exterioridad permite un pacto de no agresión entre facciones rivales, y entonces alguien de fuera se cuela como un tercero en discordia que pasaba por allí. Pero esto ocurre cuando hay rivalidad interna y no está en juego nada serio. Por lo común, lo que se pone en marcha es cierto reparto previsto en el tráfico de familiaridades que incluso permite tolerar al más odiado del pueblo con tal de que sea del pueblo. A partir de ello, el secreto de esa burguesía y de los hijos que promocionan es que nunca consideran que deban demostrar su valía, no hacen oposiciones o las amañan previamente, no deben rivalizar, provienen de un estatus que querría parecerse al de una antigua aristocracia. Lo que les es dado no les corresponde, pero se amparan en esa lógica localista.

Dibujo de Joaquín Moya para Gedeón.

En el proceso de concentración de las esencias reaccionarias, los agentes de poder intermedio, que son correas de transmisión de una voluntad coercitiva de la comunidad, aplican indiscriminadamente su capricho creyéndose portadores de la voluntad de lo que “debe ser”, es decir, de una serie de normas no escritas que intentan adaptarse con la debida fricción, o con cierta violencia si fuera necesario, al espíritu de normas más generales, que provienen de los estados o de los mecanismos regulatorios externos. Es decir, son agentes activos de esa corrupción intermedia que cala en las sociedades democráticamente deficitarias. Es un mecanismo autoinmune, una resistencia pasiva al cambio que afecta a muchos niveles de funcionamiento. Lo reconocemos fácilmente en las dinámicas provincianas, pero es aplicable a muchas otras estructuras: a la académica, a la cultural, al tejido empresarial. Se asienta en lo que he denominado en otras ocasiones, los “gerentes discretos”, esos cargos intermedios pero ejecutivos que administran forma de hacer para preservar los privilegios de los locales y a la que se van adaptando los que llegan de fuera para no alterar el ecosistema, o la flora intestinal que procesa las heces que allí se reparten.

Por eso se me ocurre que un desafío importante está en la negociación con esa inercia. Porque uno de los problemas de la tan deseada regeneración democrática pasa por evitar que vuelvan a situarse en esos papeles, con nuevos disfraces legitimados, los que protagonizaron algunos episodios antiguos. Por eso no deja de asombrarme el fervor de conversos con el que algunos a los que conocimos en puestos de dirección o en cargos de responsabilidad abrazan ahora la nueva fe, como si no hubieran tenido antes la posibilidad de cambiar algunas cosas. Mientras tanto, los de siempre siguen ocupando sus espacios heredados, quizá disfrutando del espectáculo.

mayo 29, 2016 | Leave comment

gina pane

A veces en los medios hay cambios de última hora en la extensión de los artículos que te piden. Esto pasó con la última crítica que enviaba a El Cultural sobre la exposición sobre Gina Pane del MUSAC. Os dejo aquí el texto completo porque finalmente tuvimos que acortarlo un poco:

Montaje de dos de las obras de gina pane en el MUSAC: Action, Stripe-Rake (1969) y Action escalade non anesthésiée (1971)

Desde 1990 no habíamos tenido la oportunidad de ver en su conjunto una muestra sobre Gina Pane. Entonces, hace 26 años, fue gracias a la retrospectiva que el La Virreina le dedicó el mismo año de su muerte. Ahora tenemos la posibilidad de ver de nuevo algunas de sus obras más importantes en el MUSAC de León bajo el título de Intersecciones, con un comisariado de Juan Vicente Aliaga. El hecho de recuperar a Gina Pane después de tanto tiempo podría ser un motivo suficiente para justificar esta exposición, sin embargo, hubiera sido de agradecer cierta donación de sentido para la muestra, para la artista, para esa presencia tan relevante en la historia del arte del siglo XX. Porque, tal como se nos presenta, el enfoque vagamente retrospectivo de las algo más de 20 piezas seleccionadas no basta para ofrecer algún nuevo sesgo sobre su papel histórico, o sobre cualquier otro asunto de los muchos que se derivan de su trayectoria. Más bien se conforma con una celebración del significante “Gina Pane” como figura mítica.

A pesar de esta somera conmemoración, sin duda vale la pena volver a encontrarse con Action escalade non anesthésiée de 1970-1971, que inauguraba una etapa en la que parece situarse el centro de gravedad de sus aportaciones. Aquella primera acción llevada a cabo en su estudio de forma casi privada daba un giro decisivo sobre las premisas post-escultóricas de finales de los años 60, de las que también tenemos muestras interesante, entre ellas la enigmática Souvenir enroulé d’un matin bleu (1969) o La Pêche endeuillée (1968-1969), algunas de cuyas variantes se instalaban sobre espacios abiertos en conexión con prácticas expandidas en entornos naturales. Así que algo de ese paso trascendental queda recogido en el orden ortodoxo y cronológico que se nos propone, y que nos va llevando hacia una segunda sala en la que nos reencontramos con las intervenciones más poderosas.

Action posthume de l’action Death control (1974).

Si al estrenar la década de los 70 Gina Pane se había subido a aquella estructura metálica con protuberancias que herían sus manos y sus pies desnudos al escalarla, las acciones que iban a sucederse después vendrían a incorporar el juego de la herida y el estigma en un universo icónico inconfundible. Ahí están Action Transfert (1973), también la contundente Action posthume de l’action Death control (1974), o Action Psyché, del mismo año. Un conjunto de operaciones corporales anotadas y fotografiadas por la artista y por Françoise Masson, que la acompañó en ese registro visual con el que reelaboraba los momentos puntuados en las heridas causadas por sus rituales. Una referencia necesaria, por tanto, a la fotógrafa que llevó a cabo el seguimiento reconstructivo de aquellos eventos efímeros. Gina Pane mantuvo así un delicado equilibrio entre el carácter elemental de sus acciones y su capacidad para una sugestión que nunca cayó, ni en la insignificancia, ni en el manierismo artificioso de algunos otros artistas de la performance o el happening. Quizá por eso la potencia feminista que subyace en muchas de sus propuestas, como Azione sentimentale (1973), está implícita de forma particularmente sutil en sus fórmulas, en las instrucciones a las que ella misma se somete al poner en juego el cuerpo y la herida que lo abre al mundo, lejos del voluntarismo temático o la obviedad. Por ello, los interrogantes que afloran en esos cortes y esas pequeñas hemorragias plantean la necesidad de reconstruir la anécdota. Porque los preparativos y la ejecución de sus protocolos autoimpuestos son parte de una complejidad simbólica que sus acciones contienen y demandan al espectador.

Detalle de Azione Sentimentale (1973).

La tercera sala está dedicada a las planchas de metal e inscripciones bidimensionales de los años 80 inspiradas en La leyenda dorada, el libro hagiográfico del cronista medieval Jacques Voragine, iniciado hacia 1260. Es intuitiva la asociación de las vidas de los mártires con el relato de los estigmas en memoria del cuerpo. Pero también es cierto que el cambio de registro que suponen esas obras contrasta con el valor conceptual y visual de las de la década anterior. Es como si por un momento se tratara de un artista notablemente inferior a la Gina Pane que conservamos en el recuerdo, excepto quizá el vídeo Action Little Journey, de 1977, también presente en este epílogo expositivo, aunque no pertenece al nuevo planteamiento que recapitula con resonancias religiosas un hilo conductor por otro lado coherente. La deriva final de su obra, que parece sustituir la ritualidad poética por un juego de asociaciones historicistas con la iconografía cristiana, hubiera sido reveladora en un recorrido más amplio por su trayectoria como aporte informativo. Pero en una selección de menor escala puede resultar anecdótica y desactivar la potencia de las salas anteriores. En cualquier caso, vemos en esta nueva exposición que nos brinda el MUSAC una oportunidad para acceder al impacto de instalaciones e imágenes de una Gina Pane absolutamente necesaria.

abril 11, 2016 | Leave comment

Leves anacronismos

Resulta curioso leer hoy lo que escribíamos hace unos años, hace nada, aunque han pasado unas cuantas cosas desde entonces. En esta ocasión, a propósito de la muerte de Ettore Scola que tuvo lugar el pasado 19 de enero de este mismo año 2016, recordé que yo había mencionado una de sus obras en una entrada sobre el concepto de “defección” en Paolo Virno. Es un comentario en este mismo blog de junio de 2012 y da cosa pensar lo cabreados que estábamos entonces, lo cerca que se anduvo de la fractura social, y lo buena que fue la reacción de una parte importante de la población que hoy, por suerte, ha cambiado el paisaje político de este país. Me alegro de que aquel momento algo desesperante haya tenido una salida democrática. En cualquier caso, conviene recordar. Y recuerdo que alguien se sintió amenazado por los comentarios sin entender muy bien lo que yo trataba de decir. Supongo que confundía mi análisis con una prescripción, algo que suele ocurrir entre quienes necesitan dogmas y consignas claras para moverse por el mundo. Alguien escribió en mi muro de Facebook: “No me he enterao de ná. Y parece que le del artículo tampoco. Todo eso viene siendo planteado desde hace más de 150 años por Gandhi, Tolstoi y Thoreau”. A lo que respondí: “A veces invocar los antecedentes es un socorrida manera de desautorizar el presente. Pero, la cuestión es qué hacer en nuestro tiempo, de eso va el artículo. Con toda humildad, yo no lo sé, por eso te habrá parecido confuso”. Una buena amiga salía al paso diciendo que de confuso nada, que estaba bien claro. En fin, que teníamos todos una sensación de impotencia y frustración ante la sencilla fórmula que la clase política había decidido poner en marcha, todavía sorda al grito de la ciudadanía que había salido a las calles: ignorar la manifiesta crisis de legitimidad de nuestro sistema político. Visto ahora, con todas sus dificultades, el camino parece estar retornando a un espacio de diálogo necesario, aun con todos los despropósitos y gestos grotescos a los que da lugar la incertidumbre y la inexperiencia. Aquella película que yo invocaba de Ettore Scola, Romanzo di un giovane povero (1995) la vi en su estreno en Roma. Ya había visto otras del director al que no se me ocurre una manera mejor de homenajear, más allá de las afemérides y las fechas de defunción, que recuperando el impacto biográfico que me produjo, no exento por cierto de identificaciones y retratos del contexto que entonces se vivía. Aquella película me parece hoy una buena lectura de lo que fueron los 90, la década en la que nacieron los alumnos que ahora estudian, la década en la que los de mi generación acabábamos los estudios.  Un relevo que quizá anuncie cosas buenas después de todo. Y parece ser que la memoria se empeña en hacernos experimentar el tiempo de forma circular, con analogías inevitables con los pasados cercanos o remotos, de manera que quizá por ello las ficciones y la Historia necesiten aliarse para construir una forma de escapar de esas versiones de las cosas que sitúan el mundo en un perpetuo pasado lapidario en el que ya todo fue dicho.

Fotograma de Romanzo di un giovane povero, Ettore Scola 1995.

marzo 5, 2016 | Leave comment

Meta-trabajo

En un antiguo empleo tuve la oportunidad de establecer contacto con una curiosa especie humana que seguramente reconoceréis enseguida. Digo “establecer contacto” porque no sabría definir mucho mejor el tipo de relación que teníamos. Se trataba de un informático que, a decir verdad, no resultaba muy eficiente en términos generales, pero que, en cambio, era muy meticuloso anotando en una hoja de excel los encargos que recibía y el tiempo que dedicaba a solucionar las tareas. Por aquel entonces esta práctica no se había generalizado en las empresas y en las instituciones como ahora, y, en cualquier caso, nacía de su propia iniciativa.

En el intento de entenderle, por su trato algo hostil para con el resto de los compañeros, llegué a la conclusión de que hacía aquello porque para él era prioritario evitar que le cayera cualquier responsabilidad sobre el fracaso de las tareas en curso. Dado que tenía la función de posibilitar a los demás determinados recursos o servicios, su estrategia de anotar las tareas encomendadas y los tiempos de respuesta era claramente exculpatoria, destinada a protegerle de potenciales reproches de los jefes o de otros trabajadores. Para ello se veía obligado a poner en marcha esos mecanismos burocráticos con los que redimirse. Me pregunto cuánto tiempo dedicaba a la contabilidad de su trabajo y si, a su vez, contabilizaba el tiempo que empleaba en anotar las tareas, lo que, siguiendo la misma lógica le llevaría a un bucle infinito.

Después en organizaciones más complejas descubrimos esa práctica por la que los técnicos de todo pelaje te abren el famoso “parte de trabajo”. Supongo que con ello nace un nuevo tipo de tarea excedentaria que provoca una auto-burocracia, la fantasía de ser un autómata inocente que responde a órdenes, a inputs y outputs, y que genera la exquisita prosa del tipo que te contesta las consultas cuando tienes problemas con las aplicaciones informáticas con las que últimamente nos obligan a tratar para casi cualquier cosa. En particular, me gustaría mucho conocer al que te contesta las consultas en esas instancias lejanas como son las agencias de evaluación académica, por ejemplo, un derroche de calor humano y de claridad expositiva. No se recuerdan frases tan enigmáticas desde las que pronunciara la esfinge, pero lo más gracioso de su tono y su lenguaje es que sabes perfectamente que detrás hay algún tipo que no firma el email pero que ha leído el tuyo desde el otro lado. Eso de no identificarse resulta insidioso porque las faltas de ortografía y las fórmulas pretendidamente impersonales revelan al enano dentro del autómata. Él cree que está contestando como una máquina, cree que tú aceptas el pacto según el cual él no es nadie, y que te conformas con lo que te dice de mala gana porque no fue previsto por las “frequently asked questions”; pero a ti en ese momento te dan ganas de personarte en la sede oficial de la compañía o la “entidad” y sorprenderle sacándose muebles de la napia mientras intenta eludir los pronombres personales en el email destinado a otro o a otra como tú.

Por mucho que nos hagan creer que la productividad y la eficiencia son nuevas necesidades de las sociedades avanzadas, y que son fruto de la aplicación de una inteligencia implacable, lo cierto es que estamos ante una nueva modalidad de estupidez. Una que adopta fórmulas como eso de la “excelencia”, una palabra curiosa de uso corriente en los últimos años que nos hace saber de manera inmediata que estamos siendo víctimas de un engaño. Lo malo de toda esta oleada de visionarios del trabajo cuantificable, consultores y optimizadores “Smart”, es que lo que generan es un enorme cúmulo de absurdos y de ineptitud, y que lejos de ser la gloria de un sistema automatizado y preciso, son la reacción de un informático ramplón como aquel que inventó los “partes de trabajo” para que nadie le riñera.

enero 10, 2016 | 2 comentarios

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