Leves anacronismos

Resulta curioso leer hoy lo que escribíamos hace unos años, hace nada, aunque han pasado unas cuantas cosas desde entonces. En esta ocasión, a propósito de la muerte de Ettore Scola que tuvo lugar el pasado 19 de enero de este mismo año 2016, recordé que yo había mencionado una de sus obras en una entrada sobre el concepto de “defección” en Paolo Virno. Es un comentario en este mismo blog de junio de 2012 y da cosa pensar lo cabreados que estábamos entonces, lo cerca que se anduvo de la fractura social, y lo buena que fue la reacción de una parte importante de la población que hoy, por suerte, ha cambiado el paisaje político de este país. Me alegro de que aquel momento algo desesperante haya tenido una salida democrática. En cualquier caso, conviene recordar. Y recuerdo que alguien se sintió amenazado por los comentarios sin entender muy bien lo que yo trataba de decir. Supongo que confundía mi análisis con una prescripción, algo que suele ocurrir entre quienes necesitan dogmas y consignas claras para moverse por el mundo. Alguien escribió en mi muro de Facebook: “No me he enterao de ná. Y parece que le del artículo tampoco. Todo eso viene siendo planteado desde hace más de 150 años por Gandhi, Tolstoi y Thoreau”. A lo que respondí: “A veces invocar los antecedentes es un socorrida manera de desautorizar el presente. Pero, la cuestión es qué hacer en nuestro tiempo, de eso va el artículo. Con toda humildad, yo no lo sé, por eso te habrá parecido confuso”. Una buena amiga salía al paso diciendo que de confuso nada, que estaba bien claro. En fin, que teníamos todos una sensación de impotencia y frustración ante la sencilla fórmula que la clase política había decidido poner en marcha, todavía sorda al grito de la ciudadanía que había salido a las calles: ignorar la manifiesta crisis de legitimidad de nuestro sistema político. Visto ahora, con todas sus dificultades, el camino parece estar retornando a un espacio de diálogo necesario, aun con todos los despropósitos y gestos grotescos a los que da lugar la incertidumbre y la inexperiencia. Aquella película que yo invocaba de Ettore Scola, Romanzo di un giovane povero (1995) la vi en su estreno en Roma. Ya había visto otras del director al que no se me ocurre una manera mejor de homenajear, más allá de las afemérides y las fechas de defunción, que recuperando el impacto biográfico que me produjo, no exento por cierto de identificaciones y retratos del contexto que entonces se vivía. Aquella película me parece hoy una buena lectura de lo que fueron los 90, la década en la que nacieron los alumnos que ahora estudian, la década en la que los de mi generación acabábamos los estudios.  Un relevo que quizá anuncie cosas buenas después de todo. Y parece ser que la memoria se empeña en hacernos experimentar el tiempo de forma circular, con analogías inevitables con los pasados cercanos o remotos, de manera que quizá por ello las ficciones y la Historia necesiten aliarse para construir una forma de escapar de esas versiones de las cosas que sitúan el mundo en un perpetuo pasado lapidario en el que ya todo fue dicho.

Fotograma de Romanzo di un giovane povero, Ettore Scola 1995.

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