Meta-trabajo

En un antiguo empleo tuve la oportunidad de establecer contacto con una curiosa especie humana que seguramente reconoceréis enseguida. Digo “establecer contacto” porque no sabría definir mucho mejor el tipo de relación que teníamos. Se trataba de un informático que, a decir verdad, no resultaba muy eficiente en términos generales, pero que, en cambio, era muy meticuloso anotando en una hoja de excel los encargos que recibía y el tiempo que dedicaba a solucionar las tareas. Por aquel entonces esta práctica no se había generalizado en las empresas y en las instituciones como ahora, y, en cualquier caso, nacía de su propia iniciativa.

En el intento de entenderle, por su trato algo hostil para con el resto de los compañeros, llegué a la conclusión de que hacía aquello porque para él era prioritario evitar que le cayera cualquier responsabilidad sobre el fracaso de las tareas en curso. Dado que tenía la función de posibilitar a los demás determinados recursos o servicios, su estrategia de anotar las tareas encomendadas y los tiempos de respuesta era claramente exculpatoria, destinada a protegerle de potenciales reproches de los jefes o de otros trabajadores. Para ello se veía obligado a poner en marcha esos mecanismos burocráticos con los que redimirse. Me pregunto cuánto tiempo dedicaba a la contabilidad de su trabajo y si, a su vez, contabilizaba el tiempo que empleaba en anotar las tareas, lo que, siguiendo la misma lógica le llevaría a un bucle infinito.

Después en organizaciones más complejas descubrimos esa práctica por la que los técnicos de todo pelaje te abren el famoso “parte de trabajo”. Supongo que con ello nace un nuevo tipo de tarea excedentaria que provoca una auto-burocracia, la fantasía de ser un autómata inocente que responde a órdenes, a inputs y outputs, y que genera la exquisita prosa del tipo que te contesta las consultas cuando tienes problemas con las aplicaciones informáticas con las que últimamente nos obligan a tratar para casi cualquier cosa. En particular, me gustaría mucho conocer al que te contesta las consultas en esas instancias lejanas como son las agencias de evaluación académica, por ejemplo, un derroche de calor humano y de claridad expositiva. No se recuerdan frases tan enigmáticas desde las que pronunciara la esfinge, pero lo más gracioso de su tono y su lenguaje es que sabes perfectamente que detrás hay algún tipo que no firma el email pero que ha leído el tuyo desde el otro lado. Eso de no identificarse resulta insidioso porque las faltas de ortografía y las fórmulas pretendidamente impersonales revelan al enano dentro del autómata. Él cree que está contestando como una máquina, cree que tú aceptas el pacto según el cual él no es nadie, y que te conformas con lo que te dice de mala gana porque no fue previsto por las “frequently asked questions”; pero a ti en ese momento te dan ganas de personarte en la sede oficial de la compañía o la “entidad” y sorprenderle sacándose muebles de la napia mientras intenta eludir los pronombres personales en el email destinado a otro o a otra como tú.

Por mucho que nos hagan creer que la productividad y la eficiencia son nuevas necesidades de las sociedades avanzadas, y que son fruto de la aplicación de una inteligencia implacable, lo cierto es que estamos ante una nueva modalidad de estupidez. Una que adopta fórmulas como eso de la “excelencia”, una palabra curiosa de uso corriente en los últimos años que nos hace saber de manera inmediata que estamos siendo víctimas de un engaño. Lo malo de toda esta oleada de visionarios del trabajo cuantificable, consultores y optimizadores “Smart”, es que lo que generan es un enorme cúmulo de absurdos y de ineptitud, y que lejos de ser la gloria de un sistema automatizado y preciso, son la reacción de un informático ramplón como aquel que inventó los “partes de trabajo” para que nadie le riñera.

This entry was posted on Domingo, enero 10th, 2016 and is filed under Avistamientos. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

2 Responses to “Meta-trabajo”

  1. señor coconut on enero 18th, 2016 at 22:31

    Cuanto resquemor se lee en este texto, y que poca empatía. Cualquier persona que haga las mismas siete tareas 483 veces al día, y tenga que saber a quién le repitió por novena vez “apaga y enciende el router”, posiblemente termine apuntándolo en un parte de trabajo. No por diversión, sino para que quede constancia escrita de que no vive una y otra vez el Día de la Marmota. Que poco valorado el esfuerzo del técnico informático. Es parte de trabajo o suicidio, me imagino.

  2. Victor on febrero 21st, 2016 at 21:03

    Ya sabía yo que alguien se iba a sentir aludido, pero como podrás suponer no tengo nada en contra de los técnicos, entre los que hay de todo, como en cualquier gremio. Probablemente serían las víctimas más directas de lo que trato de decir, de esa asimilación del trabajo y la máquina. Es cierto que al final los partes del trabajo se hacen necesarios para el que tiene que resolver dudas cada día. Yo trataba de apuntar a una situación que nos afecta por igual a los usuarios, a los trabajadores y a quienes hacen de intermediarios. El caso particular es más bien metafórico, podría ser incluso una ficción. De todas formas te agradezco el comentario, me das la oportunidad de aclararlo.

Permitir contestación