Gestos de la expectativa y la derrota

Para ser justos con Pedro Sánchez, del que hablábamos en una entrada anterior, no se ha quedado solo haciendo bobadas en el nuevo juego de gestualidad política. Digamos que desde las últimas elecciones andaluzas hemos asistido a un estilo de hacer política que ha puesto en práctica buena parte de los candidatos. Basta un breve recuento de excentricidades encaminadas a llamar la atención de los focos mediáticos para confirmar que nos habíamos equivocado pensando que Sánchez era el único que recurría a esta estrategia.

A modo de breve repaso, sin remontarnos a desnudos integrales en carteles y otras muecas anticipatorias, tenemos que, en la última campaña, Esperanza Aguirre se ha sentado en un sofá en plena calle con la gente que pasaba por allí a la manera del chester de Pepa Bueno. Después, tras la derrota, ha hecho tantos gestos que ha dejado de parecer una persona cuerda. Que la desventurada Rosa Díez y su candidato a las andaluzas salieron a la calle con bayetas de color magenta para hacer como que limpiaban las instituciones. En la misma tónica del patetismo subían a los tranvías para dar la chapa de improviso a los viajeros haciendo mítines a capela, algo que recordaba a la mendicidad en el transporte público que metafóricamente parece haberse confirmado como destino de su partido. En otro acto, Pablo Iglesias le entregaba un estuche con serie televisiva completa de Juego de Tronos a Felipe VI porque según parece le iluminaría sobre algún asunto de la gestión del poder. No me detendré en el catálogo de poses que tanto él como Monedero fundamentalmente han ido dejando en su particular apuesta por la telegenia, los veremos con mucha más ternura dentro de cinco años, al tiempo…

Estos que acabamos de enumerar podrían ser los gestos de la expectativa, los de quienes trataban de impresionar al personal; pero los más interesantes, por involuntarios, son los gestos de la derrota. De esos también tenemos unos cuantos: Floriano agradece a los votantes su participación con independencia de la orientación de su voto, y ofrece ejercer las mayorías con humildad, como si no hubieran podido hacerlo antes, como si creyera que podrán hacerlo ahora. Soraya, la vicepresidenta, en pleno delirio numérico, comparece tras las últimas elecciones soltando por delante agradecimientos numerados a los presidentes y vocales de las mesas, a los interventores, a los colegios, al número de municipios, al número de votantes, una pantalla de números que la refugian a ella, suponemos, de la que está cayendo fuera del aparato del estado en el que, como buena abogada, se siente protegida. Ya no entro en la ingenuidad pavorosa de los líderes de Castilla y León, con ese Herrera con cara de señor obtuso y cerril riñendo a los periodistas antes de dar los resultados para que sean veraces y no siembren la confusión, y luego quedándose en blanco para acabar balbuceando porque definitivamente tiene la cabeza en otro lado.

Como se ve, estos gestos se dividen entre los que se ejercen como apuestas mediáticas y los que se escapan sin querer por pura presión de esos mismos medios tantas veces invocados sin control. Quizá un poco de serenidad y coherencia ante las cámaras ahorraría muchos disgustos. Por eso, en medio de todo este ruido retórico, me parece que destacan los perfiles de tres mujeres claramente dueñas de sus respectivos triunfos en las urnas: Manuela Carmena, Ada Colau y Mónica Oltra. Cabe preguntarse: ¿qué tipo de gestualidad política han ofrecido para ganarse tanta confianza de los electores? ¿Será que en ellas el gesto y la idea política están un poco más unidos a la carne o a la acción? Creo que a pesar de la emergencia de nuevas fuerzas políticas con otros modales, son las que verdaderamente han marcado la diferencia en lo que al discurso político se refiere. No sé, quizá sea algo a tener en cuenta que hayan sido tan directamente identificadas con el voto que les han dado, porque creo que sería fácil intuir que, cuando las vemos ante la cámara, ellas sí son capaces de transmitir algo más que una impostura teatralizada y previsible.

Después de la esperanzadora muestra de salud democrática y toma de conciencia colectiva que han supuesto las últimas elecciones municipales y autonómicas, sería difícil decir si la afición por lo gestual en la política española va a chocar con la necesidad del diálogo, o si van a seguir pensando, quienes se expresan así, que de ese modo resultan ingeniosos. Porque uno de los factores más indigestos para el diálogo es el exceso de gesticulación. Algunos diálogos, de hecho, acaban reducidos a pura pantomima. Supongo que a la hora de pensar en cómo estar en ese nuevo escenario habrá que contar con gente que sepa hablar, negociar y saltarse su propio personaje para conseguir soluciones que sirvan a la ciudadanía. Pero todo eso lo vamos a ver y estamos impacientes por saber si se van a reproducir los síntomas aquellos por los que casi todos habíamos llegado a la conclusión de que la clase política no se había enterado de en qué consiste su trabajo.

El gesto sería una buena forma de revelar el síntoma. Tiene la virtud de liberar mucha más información de la que desearía el emisor. De modo que se convierte en un comportamiento que en el contexto de la política resulta muy peligroso. Supongo que, cuando son intencionados, el objetivo último es crear eventos pintorescos para que las televisiones los difundan y, simplemente, llamen la atención. Pero eso se cobra un alto precio de simpatía entre quienes leen entrelíneas la elevada dosis de impostura del gesto o la pose. Somos muchos los que sentimos ante esas cosas, en mayor o menor medida, la famosa vergüenza ajen. Vale que el teatro mediático es así, pero sin las ideas esos gestos parecen insufribles, y sin los gestos algunas ideas ganarían fuerza.

This entry was posted on Domingo, mayo 31st, 2015 and is filed under Avistamientos. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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