Banalidad de la imagen del mal

Algunas cuestiones que aparecen en los comentarios que leemos en la red se me hacen fatigosamente urgentes. Es un poco ridículo ese afán por pisar territorios que consideramos ocurrencias propias. Es como la repetición hasta la náusea con la que el periodismo nos informa de lo que ya sabemos, de aquello que bastaba con decir una vez o cuyos detalles son finalmente irrelevantes. O esa circularidad un poco vertiginosa de los informativos 24 horas, que como es lógico tienen que repetir las noticias una y otra vez hasta que alguna nueva les asalta para entrar en el carrusel de repeticiones. Uno de esos comentarios, que finalmente decidí suprimir aquí, trataba el entusiasmo con el que algunos comentan las imágenes del terror, por ejemplo las que envía el Estado Islámico como arma de guerra mostrando sus atrocidades. Pero, claro, la crítica misma era ya parte de la banalidad. Hay una propensión un tanto grotesca a caer en la invitación obvia que esas imágenes nos lanza a encontrar semejanzas con los productos de la ficción de la industria cinematográfica en nuestro mundo. Leo cosas apresuradas de autores que hablan de la estructura de las imágenes y que, sin embargo, parecen obviar su peso político y, lo que es peor, que sus comentarios revelan el posicionamiento ético que ellos tienen ante esas imágenes. En su lugar, y como una lectura alternativa y apropiada para estas fechas, casi prefiero recordar un fragmento que leí recientemente de nuestro Ángel González en su ensayo “Montones”, en su libro Arte y terror. Un pasaje para comentar quizá más adelante con las implicaciones que sugiere y que se despliegan a lo largo de ese libro:

«Pero para explicarme mejor sobre la malicia de cada día y de nuestra adormecida capacidad para atisbarla allí donde nos hace señales sin señalar, donde es verdadera malicia y todavía no el mal absoluto que probablemente se dio en los campos de un modo tan cotidiano como trivial, quisiera insistir en lo grotesco, e intentar hacerlo como principio y motor de lo macabro; su iniciación; su arranque. Más aún; su figura previa; la forma en que empieza a manifestarse; y quiero decir forma o figura del mal por sí sola, sin que tenga necesariamente que ir a peor. De manera que no es que lo grotesco, al acrecentarse o acelerarse catastróficamente, se transforme en lo macabro, sino que sigue ahí visible, discernible de lo macabro, como una de sus cualidades más repugnantes, y a veces incluso la única memorable, por la sencilla razón de que la muerte de la víctima es mucho menos imaginable que los escarnios grotescos a los que antes le habían sometido sus verdugos, como si lo uno exigiera lo otro. La pasión de Jesucristo es al respecto un ejemplo de esa insistencia en lo grotesco hasta el momento mismo de su muerte, no mucho más escandalosa que la corona de espinas, el letrero que pusieron en lo alto de la cruz o la esponja empapada en vinagre que le acercaron a los labios: todas aquellas “bromas” que le gastaron, grotescamente entrelazadas con su muerte inseparables de ella. Confío en no resultar excesivo, ni mucho menos ofensivo, si os digo que la muerte de Jesús me parece más grotesca que otra cosa; o si os digo que en muchas de las fotos y películas que documentan la concentración y el exterminio de los judíos de Europa encuentro a su vez algo grotesco que venía de lejos y se había resistido a desfigurarse y disolverse en lo macabro, aunque quizá esto último no sea más que una forma grotesca de darse lo fúnebre, y de ahí la dificultad de distinguir lo uno de lo otro».

Ángel González García, Arte y terror, Barcelona, Mudito & co., 2008, p. 165-166.

This entry was posted on Martes, marzo 31st, 2015 and is filed under Avistamientos. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

Permitir contestación