Entrada perdida

Los informes con los que nos acosan las distintas versiones del Sistema Operativo Windows están encaminados a hacernos creer que gestionamos un pequeño universo. En él recibimos avisos de seguridad, documentos de seguimiento y todo tipo de virutas informativas irrelevantes sobre lo que ocurre en la máquina que tratamos de utilizar para hacer algo, ya sea escribir un email o una importante operación financiera. El sistema operativo se convierte en una metáfora de la gran empresa que al parecer todos llevamos dentro, que hemos interiorizado como proyecto personal y que nos hace más eficientes. Pero la realidad es muy distinta…

A todos nos ha pasado. Escribes algo por ahí, como quien garabatea en una libreta, pero en un documento abierto del ordenador portátil, que titulaste “notas varias”. Y en un cortaypega se esfuma y no lo vuelves a ver. Tiempo después dedicas unos ratos dispersos a buscarlo entre las carpetas a las que has asignado nombres ridículos, para uso privado, por si lo hubieras guardado sin darte cuenta fuera de lugar. Aunque tampoco es que tengas una carpeta que pueda contenerlo de manera inequívoca. Después de varios intentos al final desistes porque no aparece, ni siquiera tras pasar el buscador que rastrea todo el disco duro en busca de los restos de naufragios anteriores. Ya se sabe, en una biblioteca, un libro fuera de sitio es un libro perdido. Sería imposible tratar de reconstruirlo, así que lo único que puedes hacer es dejarlo correr, aunque en aquel momento pensaras que lo escrito había quedado aceptable. Quizá sólo le concedes ese valor precisamente porque se ha perdido. Si llegaras a dar con él su contenido resultaría decepcionante casi seguro.

En esta ocasión se trataba de una imagen que hubiera sido apropiada para el final del verano. El trasfondo era la analogía entre dos escenarios: por un lado, el Jardín de las Delicias y, por otro, las imágenes de gente en la playa con su variedad de personajes en actitudes dispares, esa especie de expositor de poses y cuerpos cuya diversidad anatómica nos hace dudar de que todos pertenezcamos a una misma especie. Recuerdo que había una parte dedicada a dos alemanes, holandeses o belgas, blancos fáciles para el melanoma en todo caso, una pareja que utilizaba a modo de toalla uno de esos lienzos plateados que se ven cubriendo los cadáveres en los accidentes de tráfico, y con los que puedes hacer un horno solar. Atribuí aquella variante de la toalla tradicional a costumbres que ya no entiendo y ante las que no me queda ánimo para la sorpresa. En el caso de las pieles de estos dos, aquel recurso playero parecía una autoinmolación a lo bonzo. También había una referencia a esa imagen de Nabokov en la que la señora que rebusca en su bolso en la playa adopta el gesto de un mono con los codos en alto. Señores de piernas arqueadas cuyas panzas les preceden y que, como describía Robertson Davies, al sentarse en la silla plegable acomodan la tripa sobre los muslos como un animal de compañía al que estuvieran haciendo mimos. Coleccionar así, aunque fuera de memoria, metáforas en las que algunos buenos escritores crean híbridos entre lo animal y lo humano. Bueno, pues eso, un repertorio de pequeñas acciones e imágenes simultáneas como si fuera una escena pintada por El Bosco en la que proliferan las cosas que ocurren en un mismo plano descriptivo, entre las que se esconden o se pierden infinidad de detalles. Imposible recordarlos todos, algunos se ocultan en alguna memoria inferior de la que nunca volverán. Una técnica pictórica que se ejecuta preferiblemente en los retablos y que constituye una de las formas más elaboradas de la alegoría de lo humano. Por desgracia he perdido la versión óptima de aquel avistamiento así que sólo me queda este recuerdo del símil con el que se escribió.

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