Palabras contagiosas

Llama la atención cómo la nube de temas candentes, lo que Twitter denomina trending topics, se cuela subrepticiamente en los discursos y en las palabras que justifican nuestros comportamientos. Me refiero a ese fenómeno por el que en una reunión de seres humanos, por humilde que sea, de esas en las que hay que encontrar consenso y tomar decisiones que afectan a los participantes, de pronto alguien se marca un discurso con una inconfundible resonancia que remite a otros problemas de actualidad que nada tienen que ver con lo que allí se decide. Por ejemplo, en una reciente conversación en una organización de ámbito nacional que tiene sus delegaciones locales, en una de esas delegaciones, sin venir a cuento, un tipo plantea una serie de propuestas con un inconfundible aroma secesionista. Parecería que los asistentes estuvieran escuchando a un enviado de Artur Mas. Lo cierto es que las propuestas que el individuo hace se saltan todos reglamentos y procedimientos internos, e incluso hay un cierto ribete de delirio. Los asistentes, atónitos, no saben cómo encajar aquellas propuestas porque, a diferencia de lo que ocurre en Cataluña, a nadie se le había pasado por la cabeza que fuera necesario un “mayor grado de autogobierno” en el contexto de lo que allí se ventila habitualmente. En cambio, el tipo pone verdadero entusiasmo en lo que dice, como si las palabras, a todas luces inadecuadas para el caso, le hubieran poseído y él estuviera encantado de poder pronunciarlas con alguna satisfacción mimética derivada de reproducir lo que se ha oído en la tele.

Después de la intervención, un silencio y una incómoda valoración de las propuestas por parte de los que tienen que hacerse responsables, porque, claro, a nadie le gustaría descartar demasiado apresuradamente algo dicho por uno de los integrantes del grupo, aunque previsiblemente haya un consenso bastante amplio en la evidencia de que lo que se ha planteado carece por completo de sentido. ¿Qué ha pasado ahí? ¿Ha sido un momento de posesión transitoria de los discursos sobre las voluntades? ¿Son las palabras las que se pronuncian en nuestras bocas como tramos errantes de código preestablecido que toman asiento en los discursos de los interlocutores más débiles y permeables?

Tal vez el fenómeno no pueda ser valorado en abstracto y sólo adquiera su significado en el contexto en el que se produce, pero podríamos explicar con él muchos comportamientos incoherentes, que es al parecer el signo de los tiempos (me refiero al triunfo de la incoherencia). La idea de estos mimetismos lingüísticos había sido tratada en otra breve incursión de este mismo blog, a propósito de la gente que copia con desparpajo las metáforas y las fórmulas de sus interlocutores, pero obviamente todos estos acontecimientos mínimos, que han sido tema de muchos comentarios en la filosofía contemporánea, siguen siendo motivo de fascinación de vez en cuando. Quizá sólo podamos defendernos de las palabras contagiosas con un poco de extrañamiento, una distancia que no por divertida deja de tener matices políticos.

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