Cosas que todo el mundo sabe demostradas científicamente.

El otro día vi en La 2 un documental sobre los avances de la neurociencia hecho con todo el primor divulgativo con que nos cuentan las cosas complejas a la gente sencilla. Es decir, una serie de entrevistas a científicos, que rivalizarían con los más esnobs comisarios internacionales del mundo del arte, mezclada con la dramatización de los procesos de enamoramiento de un chico y una chica cuyos cerebros nos mostraban periódicamente para explicar sus reacciones íntimas.

Quedé asombrado ante lo que veía. Sin entretenernos demasiado en los pormenores de la factura audiovisual, lo que no me permitía salir del asombro fue el tono y el contenido de lo que decían estos científicos. Sus investigaciones se habían encaminado a demostrar cosas tales como que cuando nos sentamos en sillas duras somos menos receptivos y flexibles en una negociación que cuando nos sentamos en sillas blandas… A mí, no lo pude evitar, sólo se me ocurrió pensar en el efecto devastador que tendrían las almorranas en las reuniones en las que hubiera que tratar temas delicados. Y, una de dos, o el científico en cuestión, profesor de psicología de la Universidad de Yale, es un farsante, o por fin hemos descubierto el modo de resolver los conflictos con un poquito de ergonomía.

Otro científico australiano que llevaba una gorra puesta al revés combinada con una corbata, presentaba un experimento de los que te dejan con la boca abierta: había puesto a resolver problemas a sus cobayas humanos a partir de una serie de ecuaciones hechas con cerillas cuyo patrón era el mismo en todas menos en la última, que cambiaba el mecanismo de resolución y donde, obviamente, todo el mundo se atascaba. Este tipo, un fenómeno del gremio de los neurocientíficos, había solucionado el empecinamiento con unas descargas eléctricas que bloqueaban la parte racional y estimulaban la parte supuestamente más creativa de nuestro cerebro, descubriendo con asombro que gracias al impulso los sujetos del experimento se desbloqueaban y conseguían resolver el problema. Otro gran hallazgo que quizá nos permita una cura contra la obcecación con un simple  electrochoque a la cabeza.

Y así uno tras otro, todos ellos descubriendo mediterráneos, hablando de la base orgánica del inconsciente, lo importante que es y lo poco que nos percatamos de su presencia (es lo que tiene que sea inconsciente), y pensando métodos para estimularla y conseguir que las grandes empresas vendan más. Resultaban especialmente irritantes las caras de iluminación definitiva que lucían todos ellos, los científicos, y el intento poco disimulado de sugerir que aquello era un bombazo para la manipulación del cerebro de los consumidores. Vamos, que con un repaso distraído al interior de sus almas y de sus inconscientes lo que estaba claro era que se sabían participando de un producto televisivo de corte publicitario donde se vendían métodos de modificación de conducta, o algo así. En sus estudios no había nada de individualizado, de análisis de mecanismos de subjetividad o de otros aspectos más propios de las humanidades, sino recuentos estadísticos encaminados a conseguir porcentajes significativos y efectistas de esos que vienen a confirmar lo que ya sabemos. Es decir, pura afirmación de la tendencia de las mayorías.

Dado que todo lo que habían puesto a prueba con sus métodos experimentales me parecía una solemne estupidez, que con esas millonadas que habrán recibido de gobiernos y empresas sólo habían conseguido revestir de aserto científico lo que no dejaba de ser una obviedad, llegué a la conclusión de que, en definitiva, la ciencia está tan tocada por el mercado como el resto de los ámbitos de la cultura. Lo sé, esto también puede ser considerado ingenuo por mi parte. Pero quizá este documental era una buena ilustración que incluía algunos matices. En realidad el mecanismo no dista demasiado de esa otra costumbre publicitaria que consiste en invocar los estudios de remotas universidades norteamericanas o nórdicas en las que supuestamente se han demostrado algunas vaguedades con las que avalar el producto. La ciencia como legitimación, aunque no sea cierto lo que se dice. Lo mismo que ocurre con esas noticias de los telediarios que también vienen a publicar los resultados de algunos estudios que, una vez más, demuestran científicamente lo que todo el mundo ya sabía. ¿Habrá en todo ello un cierto grado de degradación científica en los nuevos tiempos? ¿O son sólo los medios y la divulgación los que banalizan los métodos científicos y sus aplicaciones?

En este caso, el estilo y la orientación de una parte de la comunidad científica sugiere un estado de decadencia preocupante en la que las verdades humanísticas que figuran en la literatura clásica sobre conceptos menos cuantificables como el alma o el espíritu son puestas ahora bajo el microscopio. Y al hacerlo, al ser cuantificadas según esos protocolos, nos libramos de cualquier consideración ética, política o moral sobre lo que esos índices, previsibles por lo demás, significan para nosotros. Al hacerlo, ese “nosotros” se vuelve masa, el individuo se hace irrelevante. En fin, pura tecnología del marketing, poco útil en mi opinión, nada nueva, desde luego.

This entry was posted on Miércoles, abril 16th, 2014 and is filed under Avistamientos. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

One Response to “Cosas que todo el mundo sabe demostradas científicamente.”

  1. José on mayo 27th, 2014 at 8:51

    Yo también vi el programa Víctor, una maravilla. De todas formas, esta cadena se tiró emitiendo el mundo en guerra, cada día y en bucle, durante cerca de dos meses.

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