El rescate de Luis Garavito

Sería necesario recordar la ingente labor documental desarrollada por Luis Pancorbo en Otros pueblos, aquel programa de RTVE que contribuyó a una de las mejores etapas de la televisión pública. El capítulo que se dedica a los indios Kogui lleva el título de “Sierra nevada de coca”. El escenario es la zona de Santa Marta, en la costa caribeña de Colombia, pero transcurre del lado de las montañas en un asentamiento que se descubre al remontar el río Don Diego, un pueblo que mantiene tradiciones precolombinas en uno de los reductos de los apenas 2000 Koguis que quedaban en el mundo cuando se rodó el programa. El texto locutado por el propio Pancorbo, como de costumbre, es una pequeña maravilla literaria. Pero lo interesante del capítulo es su estructura circular.

A la llegada del helicóptero a la zona los visitantes se encuentran con un poblado del que se han ido los esquivos Koguis. Está vacío, se han escondido todos excepto un enfermo, Luis Garavito, al que se le ha quemado el pie porque le ha caído encima un perolo de guarapo hirviendo (jugo de caña de azúcar). Durante el lento acercamiento de los antropólogos y las cámaras se nos cuentan las costumbres de los habitantes que reaparecen poco a poco, su decadencia por falta de estímulos y por un alcoholismo que inhibe la sexualidad. Se nos muestra la pobreza creciente que sin duda acabará con ellos tarde o temprano. También nos informa Pancorbo de la deliberación sobre si Luis Garavito debe marcharse con los visitantes para que le traten la herida en un hospital, o si por el contrario debe quedarse y correr la suerte que le depare la naturaleza. Como los personajes de Erewhon, la distopía de Samuel Butler, los Koguis consideran que la enfermedad es consecuencia de una responsabilidad moral del que la padece. De modo que la decisión del pueblo es que Luis Garavito no debe ser curado. El equipo tiene que abandonar al herido a merced de sus creencias. En el pequeño círculo del relato se encierra la paradoja del antropólogo, el núcleo de la imposible cooperación con un “otro” que es registrado por las cámaras. Las narraciones que confluyen en el encuentro son mutuamente incomprensibles. Se trata de una especie de principio de incertidumbre antropológica que delata que, en todo caso, sólo elaboramos una ciencia del hombre imaginada por otro hombre. Que del espacio de representación antropológica sólo  se ausenta el visitante de forma ilusoria para dejar hablar a un narrador omnisciente. Un narrador quizá reforzado por la sensación de altura que le proporciona el helicóptero, pero que acabará marchándose sin saber nunca cómo termina la historia de Luis Garavito.

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