Autorretrato del joven Baldo

El reality, como género televisivo, ha dado varias vueltas hasta convertirse en un sofisticado filón para dramatizar la vida en su aparente estado de espontaneidad. Está faltando un catálogo de este salto cualitativo en el que el periodismo y el espectáculo penetran definitivamente en las vidas privadas. La Sexta, en concreto, ha colocado una serie de programas de máxima audiencia bajo este principio. En todo caso, la radicalización de los reality es ya un fenómeno que no deberíamos ignorar.

De esos nuevos productos, quizá por pintoresco, hemos podido ver capítulos de la Pesadilla en la cocina, la de Alberto Chicote; no la yanqui, que carece por completo de los matices de familiaridad cultural en la relación con la comida que nos ofrece la versión española. Esos episodios, mirados con un poco del sesgo de la ficción, relatan la lucha eterna entre el bien y el mal. Lo que nos hace sospechar que quizá este género televisivo tenga mucho más que ver de lo que habíamos supuesto con la narrativa moralizante, con las fábulas del Conde Lucanor, por ejemplo. Al mismo tiempo, sorprende cómo se exhibe el personal sin ningún pudor, aunque esto es una ingenuidad con sólo mirar lo que la gente llega a subir a Facebook, una verdadera orgía narcisista.

En uno de los episodios, Chicote se metía a solucionar los problemas de dos socios algo atolondrados que trataban de sacar adelante un restaurante, el Katay, en condiciones de coordinación penosas. Dos chicos, ¿qué tendrían? ¿28 años? Aunque su madurez estaba en el instituto buscando una reválida, eso también. El caso es que los dos socios se llevaban a matar. Uno trabajaba, el otro no, los dos tenían novias ex amigas entre sí, de modo que aquello era un cuadrilátero lamentable. Poco a poco, esa tozudez de jabalí con la que llega Chicote a los restaurantes va desvelando lo que pasa. No sé cómo puede este hombre mantener su autoridad con los modelitos que le diseña Ágata Ruiz de la Prada, pero por algún motivo consigue poner orden vestido de rosa fucsia sin alterarse. Es previsible que los episodios decaigan cuando se vaya quemando la casuística, pero todavía se encuentran algunos casos en los que la audacia reformista de Chicote brinda grandes momentos. En el episodio del restaurante Katay, asistíamos al autorretrato de aquellos personajes que, de puro simples, parecían de ficción. No sé cuál de los dos resultaba más fantástico, si el bueno, un chico italiano que acaba invocando a la Mamma para reunir el valor de echar a su socio sanguijuela, o la propia sanguijuela, un cúmulo de mezquindad y egoísmo enfermizo sustentado por una novia manipuladora a la más vieja usanza. Vamos, lo que viene siendo un cuadro costumbrista.

En la conversación final que mantiene Chicote con el desventurado Baldo, el expulsado del Katay, el chef se sale con su inapelable lucidez. Claro, delante tiene a un niñato caprichoso, incapaz de ver más allá de sí mismo, y, por tanto, incapaz de ver la transparencia de su propia cabecita: sus maquinaciones falaces para convencerse de tener razón ante los demás eran puro espectáculo. Un espectáculo paradigmático de la jeta monumental que le echa la peña últimamente, un espectáculo al que nos han acostumbrado las juntas de vecinos (y las de facultad), las reuniones humanas de todo género, en las que, no falla, siempre hay algún tipejo abochornante que no por ello se calla o se siente culpable. Esos que hablan como si tuvieran razón todo el rato, mientras nos damos cuenta de que tratan de timarnos, mientras los demás callamos para no abrir la caja de los truenos. Bueno, pues, a pequeña escala, como un cuento de hadas, la nueva tele nos cuenta, mediante programas basados en hechos reales, esa maldad, esa dificultad de entendimiento. No es que la tele nos cuente lo que pasa, es que se mete a solucionar los problemas, y las cámaras, claro está, son juezas implacables. Así, el periodista superhéroe, como nuestra ambivalente Mercedes Milá, o tantos otros (el caso de Jordi Évole merece un capítulo aparte), entran a operar en el mundo real, se meten hasta la cocina, nunca mejor dicho en el caso de Chicote, e incluso se permiten impartir una cierta “justicia poética”.

La sospecha está servida cuando constatamos tanta fidelidad entre el cuento clásico y la realidad. Es decir, todo se parece tanto a los arquetipos que habría que sospechar dos cosas: o nos la están jugando, o la literatura y el arte son pozos de sabiduría ancestral que ahora, la tele y los otros medios, saben explotar. Esto último es lo que yo creo, sin dejar nunca de sospechar lo otro, por si acaso.

This entry was posted on Martes, junio 18th, 2013 and is filed under Avistamientos. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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