La importancia de hablar inglés.

Ese inconfundible modo de hablar de los británicos y los norteamericanos sobre las cosas que ven cuando van de turismo por países latinos, o por cualquier otra parte del mundo, incluso cuando se esfuerzan en valorar la diferencia, podría denominarse “acento postcolonial”. También lo he llamado alguna vez “síndrome del National Geographic”, que viene a ser un marco dorado que les nace en la retina y que les obliga a ver todo lo que se hace fuera de sus fronteras como parte del pintoresquismo antropológico y del folclore nativo. Se trata sencillamente de una autoconciencia discursiva de ser canon cultural, o de hablar la lengua del imperio. El imperio es también un estado de la mente que provoca un modo de hablar a sus habitantes cuando están en visita al otro lado de sus fronteras coloniales. Ahora los imperios, ya se sabe, son económicos y mediáticos, y no sólo militares como antes. El discurso se reproduce internamente cuando hablan con negros, hispanos o chinos, en general, con cualquiera no identificado como un nativo del modo de vida que defienden sus soldados y sus héroes de ficción. Da igual que sean republicanos o demócratas, conservadores o laboristas, y casi diría que se les nota más a los demócratas y laboristas en su intento por contemporizar con el otro. El hecho es extensible al primer mundo, a los centroeuropeos y nórdicos, a los socios de la Commonwealth, al primer mundo de verdad, ese en el que el sur de Europa siempre estuvo bajo sospecha.

En una reciente visita a México coincidí como invitado con un profesor inglés bastante mayor, y bastante cascado, que había impartido clases en una prestigiosa universidad norteamericana. Nada más saber que yo era español me preguntó si había leído el New York Times donde se presentaba el drama económico en España: “gente buscando en la basura”, “hambre en las calles”, me decía con cara de iluminado. Inmediatamente supe que me veía a través del recuadro dorado como un espécimen de la miseria. Aquel hombre había tenido entre sus alumnos a algunos de nuestros anfitriones. En realidad, todo parecía orquestado para rendirle un homenaje no exento de pompa. Yo asistí con perplejidad a tanto peloteo por parte de la organización, mientras, aquel tipo buscaba mi complicidad para comentar el exotismo de nuestros anfitriones. Resultan incómodas las personas que te hacen cómplice de comentarios jocosos que no tienen gracia sobre quienes están ofreciendo su hospitalidad, por humilde o extraña que parezca. Pero es una práctica demasiado frecuente como para que no signifique algo. Aquel tipo, que era tratado como una eminencia, y del que yo nunca había oído hablar, se reía de sus anfitriones. Llegó a decirme que apenas les conocía, aunque en las presentaciones parecieran camaradas. Como no trabajamos las mismas disciplinas, esperé a escucharle para hacerme una idea y, francamente, todo lo que dijo me pareció trivial y ribeteado de nuevo por una suficiencia ahora si cabe más infundada. Decía conocer muy bien Latinoamérica y haber vivido durante años en varios países, también decía conocer España, pero no hablaba español. Y aquello nos obligaba a todos a usar el inglés por alguna especie de cortesía invertida. Algunos de los presentes se deleitaban en poder practicarlo y lo utilizaban, más para imitar el acento yanqui que habían oído en sus años de estudiantes, que para decir cosas con algún sentido. En fin, aquella ceremonia servil, destinada a un académico mediocre con el respaldo de una prestigiosa universidad americana, me resultaba un síntoma familiar.

El caso es que he visto repetida esa escena muchas veces en España, en Italia, en Portugal y en cualquier país con alguna conciencia de ser una provincia del imperio. Después de todo, no parece tan lejana la memorable escena de Bienvenido Mr. Marshall en la que Pepe Isbert y sus compañeros del Saloon onírico mascullan algo ininteligible. Lo que reflejan estas cosas, en un momento como este, es que las diferencias económicas, la devaluación de un país, se traduce también en una devaluación de la cultura. Que los intercambios económicos tienen consecuencias en las hegemonías culturales y que la balanza comercial sigue siendo deficitaria para nosotros, por mucho que tengamos a unos cuantos espabilados que se ponen de puntillas para hablar en inglés, y unos gobernantes ineptos que cuando lo hacen provocan el sonrojo general.

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