El autor de Ortega

“El autor es quien da al inquietante lenguaje de la ficción sus unidades, sus nudos de coherencia, su inserción en lo real”, decía Michel Foucault. La idea vale para aquella literatura que no es de ficción, es decir, que abarca la que podríamos denominar “escritura pensante”, esa que transita entre el ensayo y la prosa filosófica. A veces la autoría la conceden otros cuando exploran el trabajo que se ha dejado dispuesto con mayor o menor coherencia en el escritorio (ya sea físico o virtual), a través de los rastros textuales sometidos a una sofisticada edición. Y en otras ocasiones, esa misma tarea de dar coherencia al trabajo de otro, también es de autor. Esto es lo que ha venido haciendo en definitiva Domingo Hernández con José Ortega y Gasset. Su labor de análisis textual sobre el pensador mejor conocido del contexto español es, paradójicamente, una de las más ingentes y en parte desapercibidas obras de pensamiento e investigación de la filosofía escrita en castellano. Por suerte la obra de Domingo Hernández discurre también en una serie de ensayos en torno a los problemas de la estética y la teoría del arte con títulos que forman un corpus imprescindible en la concepción de la nueva escritura ensayística. A propósito de la publicación de las Obras completas de Ortega, Javier Rodríguez Marcos se percataba de que el último tomo incluye el índice de nombres y conceptos que es una herramienta que sondea con una exhaustividad de vértigo los volúmenes anteriores hasta convertirse en una especie de navegador. No se trata de una tarea que pudiera hacerse con búsquedas informáticas en los textos, suponiendo que tuviéramos disponible una versión digital de las obras completas. Más bien se trata de un palimpsesto, terminológico, interpretativo y clasificatorio cuya riqueza de matices requiere un conocimiento profundo de la obra y del personaje. Domingo Hernández ha hecho, con la misma minuciosidad reticular, las ediciones críticas de las notas inéditas de Ortega sobre Hegel para Abada, que ya reseñamos en su momento, de El tema de nuestro tiempo y La rebelión de las masas, para Tecnos, y, recientemente, en esa misma editorial, En torno a Galileo, el libro que habla sobre el concepto de crisis y que podría ser irónicamente un documento a revisar ante lo que nos está ocurriendo.

Ortega es uno de esos campos de batalla simbólicos: están quienes lo han convertido en un estandarte del reformismo socialdemócrata de la transición, y quienes lo han tomado por bandera del liberalismo actual, que también pretende ser “reformista”. En sus cristalizaciones institucionales y en la explotación de su figura en el contexto de “lo español” conviven los ecos de un bipartidismo endémico. Puede que la prosa ambigua que exhibe haya servido para que todos se sientan identificados con sus metáforas. Incluso lo utilizan quienes precisamente tratan de mostrar los programas de legitimación nacional postfranquista, releyendo la transición como una mascarada para reinventar lo que siempre estuvo ahí, lo que no se ha llegado a ir. También ellos lo utilizan como un significante útil para esos propósitos desveladores, en mi opinión, reforzando a fin de cuentas el paradigma, dado que se acepta el significado cultural asignado en los otros usos instrumentales. Todo ese trasiego en torno a una figura, que se ha hecho ideológica en su recepción contemporánea, queda desactivado en las impecables ediciones de las obras de Ortega desarrolladas por Domingo Hernández para Tecnos. No porque sean neutrales en su rigor, nada lo es en el campo discursivo, sino porque en sus “lecturas” se prioriza la contundencia de los datos, el respeto a la materia del texto en su devenir temporal, en sus pentimenti y en sus versiones. Con ello, quizá se esté proponiendo un nuevo modelo de investigación sobre clásicos tan manoseados como Ortega. Algo que, sobra decirlo, sólo es posible en casos poco frecuentes de ediciones tan complejas como las que se ofrecen ahora en Tecnos.

Más allá de la capacidad para establecer esos nodos de coherencia que constituyen al autor, la autoría tiene como condición primaria la de ser instituyente, la de plantar en el campo cultural un referente reconocible. Tendríamos muchos ejemplos de artistas, escritores o pensadores que, con el tiempo, se transforman en instituciones. A su figura, residente del parnaso, le salen fundaciones que se alojan en edificios y que suelen percibir fondos públicos. De modo que no debería ser extraño considerarlos instituciones con todo lo que ello implica, es decir, la cristalización de una marca con valor colectivo. La operación que lleva a cabo Domingo Hernández sobre Ortega podría entenderse como una reapertura del significante instituido, como una refundación en la que sus bases quedan abiertas para la reescritura y las nuevas lecturas. Esta apertura, que se hace efectiva en herramientas como el índice o las ediciones críticas, nos desvela la arquitectura lexicográfica y conceptual de los textos, las recurrencias neuróticas de sus palabras, que tienden a retornar como preferencias reveladoras, como estilemas cuyo significado podemos descomponer. Esta manera de entender el trabajo de editor, permite, en los términos postestructuralistas, devolver la “obra” al “texto”, convertir el monolito cerrado e ideológicamente vulnerable de las “obras completas” en texto colectivo.

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