Sobre el proceso contra Inés de Santa Cruz, ex-monja/beata, y Catalina Ledesma por lesbianas.

Hay algunos libros que no merecerían una reseña, sino un relato, porque son en su pura existencia un regalo de las relaciones promiscuas entre novela e historia real. Este verano presentamos en la Casa Revilla de Valladolid el esperado libro de Federico Garza Carvajal titulado Las cañitas. En la mesa, acompañando al autor, estuvimos Patricia Heras, editora de Makeando Books e historiadora; Daniel Gómez Bonet, diseñador de la obra; Antonio Piedra, director de la Fundación Jorge Guillén y yo mismo. Cada uno aportó una perspectiva sobre un libro que se presenta como una rareza bibliográfica, pensada como un objeto de coleccionista.

Por empezar por el autor, Federico es un norteamericano cuya familia es de origen español y que lleva algunos años en Europa, por cierto, en una curiosa indecisión entre París y Valladolid. Habíamos invitado a Federico antes a la Universidad de Salamanca para que nos hablara de sus métodos de investigación historiográfica en el curso Conciencia histórica y arte contemporáneo. En particular nos interesaba porque él trabaja sobre una rigurosa base documental en los archivos de Castilla para exhumar casos relacionados con la represión de la homosexualidad en la España de los siglos XV y XVI. Hasta ahora se conocía su obra Quemando mariposas [Barcelona, Laertes, 2002], un estudio sobre la sodomía en el imperio español en el que se analiza el sentido del “delito nefando” dentro de las nociones de “hombría española”. Al hacerlo quedan al descubierto las contradicciones inscritas en las biografías, a veces novelescas como la de Catalina de Erauso, la monja alférez, de hombres y mujeres que tenían que vivir bajo las demandas de legitimación e identidad de un imperio que, probablemente, ya declinaba antes de llegar a culminar. En definitiva, un trabajo de “arqueología del saber” en los yacimientos documentales de los archivos españoles. Fruto de este verdadero interés por lo que albergan instituciones como el Archivo de Simancas ha sido este segundo libro, Las cañitas, que muestra editado y contextualizado el “Proceso contra Inés de Santa Cruz, ex-monja/beata y Catalina Ledesma por lesbianas en Valladolid y Salamanca, siglo XVII”.

El documento no tiene desperdicio. El texto de las actas del proceso revela en toda su crudeza un episodio cuyo registro documental es único en Europa. En él, las diferencias de clase entre las dos protagonistas, las reincidencias de ambas y la lucha interna entre el amor y la tortura dan como resultado un fresco antropológico de la época. Las cañitas es uno de esos textos vertiginosos porque su textura nace de la huella de lo acontecido, por su implacable y arcaica prosa judicial, por su equilibrio entre el tratamiento de los hechos y la transpiración de los afectos y los miedos que recorren el relato. Resultó inevitable para mí presentar el libro como una obra de carácter factográfico, es decir, pura “escritura de los hechos”. Como ya he propuesto en sintonía con Renate Lachmann, “el factógrafo (…) accede al sentido del relato mediante el análisis preciso de los hechos e intenta guiar la atención hacia la condición real que éstos presentan, hacia su carácter concreto. Este trabajo directo sobre aspectos de la realidad tendría como objetivo una inversión del protagonismo del sujeto que describe los hechos, hacia unos hechos que en su devenir constituyen un sujeto” [Factografía. Vanguardia y comunicación de masas, p. 34]. El nuevo libro de Federico podría encajar muy bien en ese modelo que teorizaron los artistas soviéticos sobre cómo contar historias a partir de los hechos, o de cómo los hechos nos cuentan historias que revelan mucho más de lo esperado. Corresponde con la factografía más originaria, aquella que recreaba la literatura en una clave documental que sería desarrollada en las artes visuales a través de la fotografía y el cine. En este caso, Federico Garza se sitúa en el plano del editor de un texto, cuya cuidadosa transcripción permite la verdadera “escritura de los hechos”, y no sólo la del historiador.

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