Defección

Con motivo de las últimas movilizaciones del 15 M se ha debatido el grado de “legalidad” que tiene la “resistencia pasiva” en el contexto de las protestas sociales. Los participantes en aquellas concentraciones eran adiestrados en técnicas para mantenerse unidos en cadenas humanas frente a la violencia policial. Entre las estrategias de esa expresión del descontento social, la resistencia pasiva parece una forma de no ruptura. La dialéctica entre acción y resistencia pasiva se perfila como el síntoma de una cuerda que se tensa. La resistencia pasiva, no obstante, es un mecanismo mediático, un miedo a ser visto como una fuereza violenta, una respuesta especular a las cámaras que llevan los antidisturbios en sus cascos para grabar las provocaciones.

Pero además hay conceptos más estructurales que afectan a los modos de vida, como el que proponía Paolo Virno bajo la idea de “defección”: “acción de separarse con deslealtad de la causa o parcialidad a que se pertenecía”. En este caso, la causa es el Estado mismo, o esa abstracción tan fácil de manipular, por afirmación o por negación, como es el “sistema”.

Paolo Virno

Virno sugiere la defección como una renuncia explícita a incorporarse al sistema productivo regido por el “intelecto general”, aunque es cierto que su propuesta se mantiene también en una fuerte abstracción por la que resulta difícil imaginar cuáles son las acciones concretas que se derivan de ello, máxime cuando la característica principal del capitalismo que define el autor es precisamente su capacidad para “poner a trabajar” todos los ámbitos de la vida, incluso los afectivos. De ahí sus teorías sobre el “oportunismo” tan valorado en el mercado laboral por los responsables de recursos humanos. Esta indefinición plantea el riesgo de desvincularse de los problemas concretos de las estrategias que ofrecen los teóricos de la izquierda en un panorama nuevo. Aun así Virno concede algunos ejemplos como el abandono de las fábricas de los obreros norteamericanos en la época de la colonización del Oeste. Sin embargo esto se traduce en el éxodo de los pioneros que ha sustentado una épica norteamericana del emprendedor individualista. Esa nueva ética del emprendedor que ya hemos comentado aquí empapa ahora en Europa la educación en sus niveles más básicos hasta formar a los niños bajo esas premisas. El bombardeo mediático de este eufemismo que alude subreticiamente a una cultura empresarial resulta hoy obsceno.

Más cercana resulta la opción de muchos jóvenes italianos en los años 70 por los trabajos a tiempo parcial. La búsqueda de los resquicios de la ley para optar por trabajos de subsistencia que liberen tiempo necesario para una vida propia y una producción alternativa, quizá una cultura cooperativa y alejada de los estándares monopolistas de la industria. Podríamos traducir esa “defección” como una renuncia consciente, estratégica y colectiva a ocupar el puesto productivo que se nos asigna en un mundo en el que los estados se comportan como multinacionales. Una deserción de la exigencia de sometimiento al juego de la “competitividad”.

Este último ejemplo de abandono de las fábricas por parte de los jóvenes de los 70, aunque en una versión mucho más melancólica, recuerda a un caso cinematográfico en momentos posteriores a los que señala Virno, y realizado por Ettore Escola en Romanzo di un giovane povero (1995). La fórmula de la “crónica de un joven pobre” tiene una larga tradición de films anteriores con el mismo título en el contexto del neorrealismo italiano. El escenario en los 90 ha cambiado. La película relata los avatares por los que un estudiante de oposiciones en paro acaba en la cárcel donde parece encontrar una situación acorde con su estado de ánimo, un estado de renuncia a cualquier aspiración de mejora o acomodo social, que por pura pasividad y desencanto ante el mundo le lleva a dejarse atrapar por una trama delictiva. El personaje encaja en un perfil muy reconocible en Europa, el que busca, en contraste con el aventurismo americano, la protección del empleo público mediante tediosos concursos para acceder a la administración. Este ejercicio de pasividad no podría ser, en los términos de Virno, una acción política de defección que adquiere motivos subjetivos, aunque también revela una transgresión de las propias expectativas del sistema sobre el individuo.

El problema de este manejo de las actitudes es la esencial ambigüedad subjetiva sobre la que se mantienen frente a los férreos ideales de la lucha de clase de otros tiempos. De hecho, Virno polemizaba con el resto de la izquierda orgánica de partido que se oponía a esta actitud difusa, más blanda y desjerarquizada. Sobre ello escribe: “La izquierda europea no ha sabido ver todo esto: por el contrario, ha denigrado ásperamente los comportamientos de defección y de “fuga”. Sin embargo, el éxodo –el éxodo del trabajo asalariado hacia la actividad, por ejemplo- no es un gesto negativo, que exima de la acción y de la responsabilidad. Al contrario: en la medida en que la defección modifica las condiciones en las que se desarrolla el conflicto, en vez de padecerlas, exige un grado bastante alto de iniciativa, impone un “hacer” afirmativo.” [ Virno, Paolo, Virtuosismo y revolución. La acción política en la era del desencanto, Madrid, Traficantes de Sueños, 2003, p. 74]

No es fácil saber si sería una buena estrategia en un contexto en el que la precariedad y la inseguridad laboral no es una opción voluntaria. También plantea el problema de que pueda suponer un abandono de la vida pública que quedaría en manos de quienes la han degradado sin una oposición articulada. A propósito la “desobediencia civil” Virno puntualiza que el principio de obediencia está presupuesto en las determinaciones legales. Un mandato general de obediencia gravita sobre toda la estructura legislativa y la desobediencia, por tanto, no puede serlo de una ley en concreto por motivos de conciencia y/o coherencia con el espíritu de ese Estado; en tal caso estaríamos reforzando la premisa previa de obediencia del pacto social originario. En su lugar sería necesaria una desobediencia al principio de autoridad del Estado como tal. Esto, en la práctica, como ocurre con el conflicto sobre las limitaciones del derecho de reunión, pone contra las cuerdas a los discursos reformistas. La deslegitimación de las democracias occidentales ante el desamparo mayoritario frente a los flujos especulativos de un mercado supranacional sólo ha empezado a entreverse.

En el caso de España, un país cuya tradición literaria más emblemática es la picaresca, la desobediencia, clandestina y dosificada, se realiza en beneficio propio (véase la proliferación del pirateo informático frente a otros países europeos, la tradicional evasión de impuestos que tras la reforma informática de la Agencia Tributaria ya sólo se pueden permitir las grandes fortunas, el enorme porcentaje de economía sumergida o los cotidianos trapicheos que vemos hacer a vecinos y compañeros de trabajo y que no son en absoluto tan frecuentes en países de nuestro entorno). Esta peculiar forma de actuar instaura una forma cultural de desobediencia consentida que no sólo afecta a la integridad del sistema de igualdad, sino que ablanda los criterios de definición de las leyes. En tanto que son modestamente desobedecidas los legisladores pueden permitirse hacer malas leyes, formalmente incompletas o incapaces de dar cuenta de las realidades a las que aluden. Esta negligencia legislativa se corresponde a la hipocresía social que establece la “manga ancha” típica de los países de cultura católica de la franja mediterránea. Frente a la rigidez del sistema normativo en el seno de lo social en los países de raíz protestante, la autoindulgencia mediterránea genera una matriz de falsa desobediencia. A pesar de ello, pocas cosas se atisban tan catastróficas como aplicar un modelo germánico a una cultura católica.

En realidad en ello se resume la naturaleza de algunos fenómenos como la burbuja inmobiliaria en el caso español, en la que el fraude no se encuentra solo en la especulación de los ayuntamientos sobre el suelo urbano y sus prebendas y connivencias para con los promotores inmobiliarios, sino que implica también la responsabilidad de los pequeños compradores y supuestas víctimas de la trama. En España todo el mundo ha sido, hasta las fechas previas a la crisis iniciada en 2008, un pequeño especulador inmobiliario. Personas con muy pocos recursos recurrían a las hipotecas, no con la necesidad de habitar una vivienda que hubiera podido ser de alquiler, sino como “inversión”. No sería extraño encontrar trabajadores con sueldos que apenas superaban los 1000 euros aceptando hipotecas con la esperanza de poder vender su vivienda más tarde por una cantidad multiplicada. En este punto el pequeño ahorrador adoptaba la perspectiva de un gran inversor en una fantasía en la que una vaga mezcla de codicia y necesidad actuaba como un señuelo que los bancos supieron explotar hasta arruinar su propia industria de la usura. Actualmente, productos hipotecarios como el Swap que aparece meses antes de anunciarse o darse a conocer la crisis que se avecinaba, han sido auténticos timos legales de los bancos contra los que los afectados tienen difícil defenderse en medio de un pacto de silencio.

Echar la culpa de la crisis al trapicheo del que cobra el paro y hace chapuzas “en negro”, al funcionario con baja crónica o al gorroneo de la sanidad de jubilados aburridos, se ha convertido en el discurso miserable de los que parecen no prestar la misma atención a los grandes timos hipotecarios o a los desfalcos de la clase política, o a una estructura fiscal diseñada para sostener la llamada “economía del ladrillo”. De modo que ahora la arquitectura de las responsabilidades recae de nuevo sobre los pequeños ahorradores, o sobre esa bolsa parasitaria consustancial a cualquier modelo estatalista. Qué hacer ahora es una pregunta que resulta difícil de responder, pero a la vista de las modificaciones de las leyes sobre el derecho de reunión, el control de la televisión pública y las tensiones previsibles a medida que haya un mayor número de personas sin nada que perder, la defección parece cobrar un nuevo sentido, a menos que la violencia entre en escena bajo las diversas caras de la desesperación.

Imagen del conflicto de la minería asturiana. Obtenida de "El comentario TV. Periodismo ciudadano"

This entry was posted on Viernes, junio 29th, 2012 and is filed under Avistamientos. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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