La aporía del honoris causa

Que la Universidad es ajena a la meritocracia lo demuestra el hecho de que exista el “doctorado honoris causa”. Podríamos preguntarnos: ¿qué otra “causa” habría para ser doctor sino la de tener honores para ello? Sabemos que el doctorado honoris causa se concede por una trayectoria contrastada en un ámbito profesional, científico o cultural que llega a un grado de excelencia que debe ser reconocido por la institución académica. Pero con este papel simbólico que se atribuye la universidad se pone en duda a sí misma en el momento en el que realiza la operación de señalar a quienes han obtenido un estatus de “doctor” fuera de su propia estructura de reconocimiento, una estructura que se pretende “universal” desde su etimología. Hay algo contradictorio en ello que arroja una sombra de duda sobre sus criterios y protocolos de acceso. El aspirante a doctor, por tanto, puede tener méritos para serlo, pero, sobre todo, debe ser reconocido por los otros doctores para obtener el título. Esta es la premisa suficiente, el resto es circunstancial. El rito de acceso depende siempre del consenso de los doctores y establece un criterio heterónomo al propio saber. Esto podría sugerir la imposibilidad de objetivar la valoración de ese saber en un régimen competitivo que de hecho se impone, pero principalmente deja abierta la puerta a la arbitrariedad y manifiesta el carácter jerárquico de la institución. En realidad, se trata de un hecho aporético e inevitable del que ya han hablado muchos autores con más fundamento, sobre todo en lo referido a la relación indisociable entre saber y poder.

Foto de Iñaki García

Aunque el saber no está necesariamente en la universidad lo cierto es que su autoridad se ha perpetuado hasta entrar en la crisis que hoy se muestra con la apariencia de una reforma en el contexto europeo, en el que fue inventada como institución del saber y cuyo origen en Bolonia parece retornar ahora en un intento de refundación que lleva el nombre de aquella cuidad italiana. El caos derivado del denominado plan Bolonia, que se está implantando en las universidades europeas para crear un espacio común de educación superior, demuestra en primer lugar la conciencia generalizada de que se trata de una institución obsoleta. El nuevo capitalismo exige productividad y eficacia a una institución acostumbrada a acumular pesos muertos, paquetes académicos, profesores ineficaces y sencillamente perezosos que, sin embargo, ejercen una autoridad fatua sobre sus alumnos y sobre profesores de menor rango. El trasfondo geopolítico de esta reforma se encuentra en el hecho de que en los índices económicos la “competitividad” incluye la variable de la educación en el mercado laboral, aspecto en el que Europa revelaba su desventaja respecto al sistema universitario norteamericano.

Es sabido que en USA los profesores son evaluados en función de su éxito entre los alumnos y que carecen del halo de autoridad que acostumbran a exhibir, muy pocas veces con verdadera justificación, en Europa. Pero el caso es que por algún motivo, la aporía del honoris causa no se soluciona con los índices de popularidad a la americana. Un compañero y amigo, con quien tuvimos hace poco la oportunidad de festejar su acceso al club de los doctores, nos relataba su experiencia como profesor para una prestigiosa universidad norteamericana con sede en Madrid. La composición del alumnado es claramente elitista y formada por jóvenes que pasan allí un tiempo casi vacacional formándose en cultura española. Nuestro reciente doctor describía con humor la jerarquía que le sitúa lejos de una autoridad profesoral, y más bien en la de un aborigen que los alumnos saben prescindible y al que incluso tendrían la capacidad de despedir indirectamente si no fuera de su agrado. En ese sistema, las notas las ponen los alumnos y el suspenso, esa especie de límite de calidad exigible, es casi una quimera a riesgo de enfrentarse al hijo de alguien que paga mucho dinero por mantenerlo allí y que se siente capaz de exigir un trato de favor. De hecho, esta inversión de las autoridades que ya está implícita en Bolonia, nunca pone en duda la capacidad del alumno, pero sí la del profesor. Algo que demuestra, a su vez, la ineficacia y la hipocresía de los sistemas de acceso al puesto de trabajo en la universidad actual, un sistema de garantías por el que se deben demostrar los méritos hasta extremos ridículos e inexistentes en cualquier otro sector del mercado laboral o del acceso a la administración pública.

Mientras tanto, las universidades norteamericanas e inglesas aparecen bajo ese principio de competitividad en los primeros puestos de los rankings en las que las españolas y las de otros muchos países europeos apenas son mencionadas. ¿Esa debacle de la calidad de la educación española se debe a que todos los profesores aquí son unos incompetentes? Si así fuera habríamos quedado desautorizados sin duda por ese sistema de reconocimiento que sustituye a la antigua y siempre invocada endogamia, pero seguro que no acaba de quitarnos la capacidad de juicio sobre lo que leemos y tenemos alrededor. En este aspecto puedo asegurar que algunos de mis compañeros y de colegas en otras universidades, especializados en el campo de trabajo que conozco, han escrito obras más brillantes que las de muchos autores norteamericanos que las editoriales de aquí se esfuerzan por traducir. Por supuesto las obras de nuestros colegas son completamente invisibles fuera, carecen de cualquier proyección internacional y nunca serán citadas en lengua inglesa. Y la impresión que recibimos es que el predominio de las universidades anglosajonas premia en esta carrera de rating a profesores mediocres avalados por las mejores universidades del mundo, mientras lo mejor de la inteligencia europea acumula polvo en universidades mediocres. Quizá no sea casual que los gobiernos que se niegan a regular los mercados, USA y UK, sean los mismos que han conseguido que la Europa continental reforme su universidad en esos términos en lo que es, sin duda, una crisis regulatoria de carácter general.

En un artículo de José Adolfo Azcárraga, catedrático de Física Teórica, publicado en El País del 03/03/2011, se concentraban y resumían los murmullos unánimes de las cafeterías de los campus universitarios españoles. El problema es global, y afecta a la universidad europea en su conjunto, que se autodestruye en un proceso imparable al que asistimos los que estamos dentro como una experiencia vertiginosa. Estas afirmaciones podrían parecer un tanto exageradas pero lo cierto es que somos testigos de un cambio de ciclo definitivo que se traduce en una variada sintomatología de la descomposición. La creciente burocracia en la que se ha pretendido convertir el trabajo de profesor universitario, la devaluación de la investigación a favor de dedicaciones horarias, y la hipocresía garantista de los nuevos sistemas de evaluación de la calidad, anuncian el abandono definitivo de un paradigma del conocimiento, un abandono cuya contradicción más sangrante es la desconfianza sobre la propia tarea educativa y de formación. En general, las reformas emprendidas, que han hecho del plan Bolonia uno de los mayores disparates de nuestro tiempo en lo referido a la adaptación de la institución la realidad, se basan en una normativización de los tiempos de trabajo que incorpora dinámicas productivas de la empresa privada y, desde luego, de ámbitos que nada tienen que ver con el trabajo que se ha desarrollado hasta ahora en las unviersidades. Es como si se tratara de una purga salvaje sustentada en la inconfesa percepción de la abulia de un profesorado obsoleto que no puede aportar nada a las actuales necesidades de mercado.

[Juan Carlos Mejuto, Decano de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Vigo]

Este deslizamiento acusatorio que reconocemos en el lenguaje de algunos políticos se ve amparado por el propio derrotismo del profesorado. Antes de las últimas navidades el Rector de mi Universidad vino a decirnos lo que ya sabíamos, reconociendo la inviabilidad de la reforma, la disfunción de aplicaciones informáticas demenciales en las que nos vemos obligados a demostrar el trabajo realizado, y la precariedad económica a la que tendremos que acostumbrarnos con el poco tranquilizador argumento de que otros están peor. Toda una situación que nos hace pensar que Kafka no era un escritor sino un profeta a juzgar por esta especie de castigo divino que se avate sobre nosotros, culpables de algo que no nos ha sido cumunicado. O que hace cierta la premonición de Terry Eagleton en una cita que me regala Alberto Santamaría y que podría muy bien condensar este comentario: “Los críticos académicos vivimos en un permanente estado de terror, temiendo el día en que algún funcionario menor de una oficina estatal, perezosamente repasando un documento, se tropiece con la embarazosa evidencia de que en realidad se nos paga por leer. Esto resultaría tan escandaloso como recibir un salario por tomar el sol o por tener relaciones sexuales.” [Terry Eagleton, en Cómo leer un poema].

No cabe duda de que ese día ya ha llegado…

This entry was posted on Domingo, enero 15th, 2012 and is filed under Avistamientos. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

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