¿Qué quieren decir cuando utilizan la palabra “emprendedor”? O cómo trabajar a partir de ahora en el ámbito cultural

Podemos comprobar a diario que en la nueva retórica política se ha instalado una de esas palabras que se recargan de futuro, no precisamente en virtud de su potencial poético. Esa palabra recurrente en los últimos tiempos es “emprendedor” y se utiliza para anunciar eufemísticamente lo que nos espera, o, más exactamente, lo que se espera de nosotros. El apoyo a los “jóvenes emprendedores” y todo lo que “emprende”, en general, llena ahora las bocas de los políticos que anuncian así filológicamente la estructura que quieren instalar en sustitución de las antiguas y obsoletas fórmulas de lo público, esto es “la empresa” que se responsabiliza de sus beneficios y su supervivencia. Alguien sugería que no es fiable un país en el que decir “empresario” suena mal, y otros apuntan a la dignificación de esa figura sin que ello tenga por qué dañar las bondades de una aportación en el terreno cultural o la apuesta por la calidad de los productos. Al ser emprendedores nos hacemos empresarios de nosotros mismos y nos volvemos más productivos, al parecer. Se supone que si uno ha de ser empresario de sí mismo tendrá que serlo con los visos y procedimientos acordes al ya generalizado impulso de productividad, incentivado por un proyecto ilusionante… o tan solo por el miedo al despido y al paro. Pero además todo ello somete a una nueva tensión, la de la productividad, a “empresas” que son de orden cultural y creativo, y donde la calidad no es fácil de calcular por sus resultados inmediatos. Subyacentes palpitan los tópicos del artista o el escritor que nada contracorriente, o la premisa de que trabajamos mejor bajo presión.

Mientras tanto, cualquiera que haya tenido la experiencia de trabajar en el ámbito cultural sabe que, si además es empleado público, se encontrará con un laberinto de absurdos fiscales y administrativos en lo referente al estatus de su “actividad económica”. Colaboraciones, conferencias, libros, obras artísticas o productos eventuales se convierten en actividad que nunca es recogida con exactitud por las categorías profesionales censadas en la Agencia Tributaria, y que quedan en una indefinición que nos recuerda clamorosamente que no estamos en realidad integrados en ningún sistema productivo.

La estructura fiscal española, además de haber sido cómplice de la burbuja inmobiliaria hasta hace bien poco incentivando con ventajas casi en exclusiva (a excepción de los planes de pensiones ) la compra de viviendas, está pensada para dos únicas tipologías: el gran empresario y el funcionario. Lo de “gran empresario” se verifica en el maltrato durante décadas a los autónomos y pequeñas empresas, maltrato que se ha convertido en el tema tardío de los nuevos anuncios electoralistas. Pero más allá de eso es significativo que no exista una verdadera figura de “autónomo” relativa a las actividades eventuales como demuestran las cuotas exigidas y los períodos de mantenimiento del estatus fiscal que se exige. No es de extrañar que la mitad de este país quiera ser funcionaria, y la otra se juegue el tipo, o quizá no necesite ser ni una cosa ni la otra. Y cuando uno trata de justificar su actividad “profesional” o “económica” se encuentra con ese vacío abismal en el que es imposible reconocerse a pesar de formar parte de una mayoría. La dicotomía entre empresario y funcionario se cierne sobre ese extrañamiento kafkiano que no reconoce otra forma de trabajar. Pero, nos lo pidan o no, hay otras formas de hacerlo y el arte y las tareas de naturaleza cultural serían un caso paradigmático que da para una verdadera reflexión filosófica sobre el estatuto de ese trabajo en nuestro mundo. Así lo han hecho Jacques Rancière y otros pesnadores contemporáneos con mejor o peor fortuna.

Lo que se nos pide ahora, sin embargo, es que finjamos todos ser empresarios, aunque nuestro único empleado seamos nosotros mismos. Que nos comportemos como tales y que nos acostumbremos progresivamente a la extinción de la otra tipología antagónica, la del funcionario y todo aquello que se le parece, que tiende a ser desplazada por la especie dominante. El evolucionismo y los argumentos más o menos explícitos sobre una selección natural que nos obliga a imperativos de adaptación se hacen cada vez más frecuentes y se instalan en los discursos políticos como aprioris que nadie cuestiona. Pero eso probaría el éxito del discurso liberal cuando aparentemente debería haber sido deslegitimado por los hechos, por la constatación de que la autonomía o la desregulación de los mercados nos deja a merced de la codicia. Sin duda eso es uno de los mayores logros ideológicos de los nuevos liberales: proclamar la absoluta necesidad y vigencia de un sistema en medio de su crisis más grave.

This entry was posted on Lunes, noviembre 28th, 2011 and is filed under Avistamientos. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

One Response to “¿Qué quieren decir cuando utilizan la palabra “emprendedor”? O cómo trabajar a partir de ahora en el ámbito cultural”

  1. Mariola on noviembre 28th, 2011 at 21:46

    Efectivamente, y es que hace mucho tiempo que hemos perdido el sentimiento de pertenencia a algún grupo o colectivo (quizá es que ya han amputado de nuestra realidad a la especie “clase trabajadora”).
    Sólamente apuntar que en numerosas ocasiones la exigencia del emprendedor es mucho más perversa que la de ser empleado de uno mismo: ser el responsable de los derechos laborales de tus propios compañeros.

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