El usurpador de metáforas

La mesa redonda es un formato de debate actual muy frecuente en simposios y seminarios académicos y dentro del ámbito gaseoso de la cultura, también a veces en la tele. Las conversaciones que se presentan bajo la forma de la mesa redonda suelen ser bastante estériles por lo que se refiere a sus resultados. En general la cosa se queda en la exposición de una serie de argumentos circulares y miméticos y en el mejor de los casos se da algo de bronca entre ellos. La propia metáfora de la “mesa redonda” parece marear los conceptos en su circularidad sin destino.

Podríamos clasificar las actitudes que se dan en esos encuentros porque hay recurrencias que harían pensar en modelos. Pero de entre ellos hay un tipo de interviniente que aparece con frecuencia y es aquel que reproduce lo que acaba de oír con otras palabras como si fuera parte de su propio discurso. Uno está hablando, dice algo, utiliza algunas metáforas para ilustrar un argumento, y termina su intervención satisfecho por una pretendida elocuencia. Pero, de pronto, el tipo de al lado reproduce una intervención tan errática como la nuestra pero que contiene la particularidad de haber incorporado improvisadamente parte de las perlas que uno cree haber soltado en el speech anterior. Nos sorprendemos escuchando nuestras propias metáforas como si fueran lugares comunes, como si lejos de haber sido creadas para la ocasión fueran citas conocidas por todos. En el mejor de los casos el usurpador tiene la desvergüenza de citarnos vagamente en alguna de sus apropiaciones indebidas, pero el resto quedan impunemente realojadas en un nuevo círculo vacuo sobre el mismo tema. Ni que decir tiene que en la boca del otro nuestros hallazgos quedan devaluados en una banalización intolerable; pero, sin duda, esto es un efecto de nuestro trémulo narcisismo en el teatro de lo público.

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