Tiempo estancado, o el recuerdo confuso de que algo no va bien.

Al hilo de la presentación del libro Fabricando ladrillos para la casa de Ícaro, de la editorial El Desvelo, sobre la obra de Rax Rinnekangas y basado en una entrevista con el cineasta, fotógrafo y escritor finlandés, surgió un tema que dejó algunos ecos entre quienes asistimos. La cuestión en realidad la lanzaba Miguel Ángel Fernández desde el grupo de asistentes con su habitual lucidez a la mesa en la que estábamos con Alberto Santamaría excusando entre otras cosas la presencia del propio Rinnekangas que no había podido asistir a León, al MUSAC, donde tenía lugar la presentación. La pregunta señalaba la relación que se establece entre el mundo occidental y esa cultura del este, de los países en los que se implantó el socialismo real, y que de costumbre tomamos con riesgo de reduccionismo como un bloque indiferenciado. Y ello a propósito de uno de los documentales de Rinnekangas sobre la casa de Konstantin Melnikov en la que habitan los recuerdos arcaicos de un arresto domiciliario que no lo era sólo de una familia sino de un proyecto de vanguardia. Rinnekangas había propuesto un documental que tocaba ese núcleo problemático del encierro, en el espacio cilíndrico de la Casa Melnikov, de un pasado que se aislaba, a través del proyecto fallido de la vanguardia, de un presente aún más hostil.

La idea de una perticular relación con la memoria en el mundo ex-socialista parece sin duda un tema decisivo en nuestros días, una conciencia de tiempo estancado que se verifica de modo recurrente en las formas de representación artística en las que lo que podríamos llamar una “estética del este” transparece como una conciencia específica del tiempo y del fracaso de la utopía. Esa conciencia ha generado tantas imágenes que son formas vivas y muertas al mismo tiempo en un amplio espectro de propuestas culturales. Indudablemente, como me sugería después de la presentación Octavio Zaya, los finlandeses tienen un vínculo muy sólido con la cultura rusa desde siempre, de modo que Rinnekangas ejercía como un artista situado estratégicamente en una de esas fisuras culturles por las que se filtra el viento oriental de aquel trauma. De ellas es un magnífico ejemplo la película documental de Chris Marker, El último bolchevique, en la que también se recupera a un antihéroe revolucionario, Aleksandr Ivanovich Medvedkin, para que ejerza de prisma histórico de un momento perdido. Pero podríamos aludir a productos más populares como la conocida película de Wolfgang Becker, que tuvo su éxito en 2003, con el significativo título de Good bye Lenin. Una historia en la que una mujer enferma en la República Democrática Alemana, que permanece en coma durante un tiempo, despierta tras la caída del muro de Berlín. Los hijos de la mujer aconsejados por los médicos tratarán de evitar un shock traumático que la devuelva al estado vegetativo, y para sortear la sorpresa del repentino giro histórico de los acontecimientos reconstruyen un entorno idéntico al que vivían antes de la caída del muro. Mientras, en el exterior, el contexto ha dado un vuelco radical que acabará filtrándose, como el viento por las grietas, en la fantasía creada bienintencionadamente por sus hijos.

Al margen de la mayor o menor calidad de la película, o del efectismo retórico de la retirada de la colosal estatuaria bolchevique que también habíamos visto en imágenes de impacto en otras películas, la historia tiene una evidente vocación alegórica y refleja un fenómeno de raíces más profundas, asociado sin duda a esta relación especular e incómoda entre Occidente y el llamado “bloque del este”. Ese tal bloque establece así una suerte de imagen devuelta a nuestro mundo y se presenta como una emanación de los ideales de transformación radical creados en el corazón de Europa. La colisión del proyecto revolucionario con la catástrofe dejaba un poso de inconfundible aroma que ahora se estetiza bajo el mito recurrente del tiempo estancado, de la anamnesis o de un retorno que nos hace pensar que las cosas no han cambiado, o siguen intentando cambiarse erróneamente. En esa perfecta ambigüedad la caída en la cuenta quizá sea en efecto una suma de las condenas de sísifo y de ícaro. El retorno del fracaso parece así una obsesiva e inquietante fórmula por la que despertamos de una pesadilla para recordar que estábamos en otra, para recordar en medio de la confusión que, si bien muchos fueron devorados por la locura totalitaria, ahora estamos a merced de otra devoración quizá no menos temible contra la que se puso en marcha aquel mecanismo de defensa.

Fotograma de la película de Theo Angelopoulos, La mirada de Ulises.

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