Obsolescencia del libro de instrucciones

Tristan Tzara

En El País del domingo 10 de julio de 2011 Adrián Segovia, a propósito de la “Batalla entre redes sociales”, señalaba que “algunos bebés, al observar una fotografía física de papel, desplazan el dedo por la superficie de la imagen intentando pasar a otra foto. Emulan la manera de ver imágenes en un teléfono inteligente. Antes de que sepan escribir ya saben usar una tableta, un celular o cualquier tipo de dispositivo táctil que les proponga cierta interacción”. Esto que tanto nos fascina y que casi sugiere una mutación genética de nuestros usos cognitivos lo venimos comprobando en diferentes contextos cotidianos. Pero tiene el mismo artículo una sugerencia aún más interesante. “Los aparatos electrónicos no tendrán libros de instrucciones, porque la humana resistencia a la tecnología se habrá superado de manera innata. No es la generación que viene, está pasando ya”.

Sin duda, aun con las resonancias proféticas con las que se enuncian estos vaticinios, uno de los fenómenos más interesantes de nuestra cosmogonía mediática y tecnológica es el metatexto operacional que contienen los libros de instrucciones. Todo un esfuerzo lingüístico de explicación que sirve para traducir dos mundos. De hecho, parece en sí un fenómeno de discrpancia lingüística como demuestra el hecho de que uno de los calvarios que padecen los traductores del mundo sea, precisamente, tener que vérselas con los infinitos e inagotables libros de instrucciones de todo tipo de “aparatos”. Es fácil darse cuenta de que aprender programas informáticos en abstracto no tiene sentido. Lo mismo ocurre con los idiomas. Si no se usan no sirven, no retenemos las reglas, porque como ya han dicho muchos, operan como un juego. Se nos vuelven automáticas e inconscientes y sólo en ese momento podemos decir que “sabemos” un idioma o “sabemos” usar un dispositivo. En esto, sin duda, wittgenstenianamente podríamos verlo como un suplemento en el orden del lenguaje en el que la tecnología, como repertorio de operaciones sobre el mar de información disponible, se vuelve un grado diferente de lo lingüístico. Eso que calificamos de “intuitivo” como forma de acceder a la información se basa en el carácter imaginario y metafórico que ofrecen estos sistemas de signos. Quizá se trate de una definitiva pérdida de lo simbólico a favor de la alegoría o de lo indicial, de lo que constituye una operación táctil, de lo que significa dar un toque o de lo que condensa en su polisemia la palabra inglesa “touch”.

A propósito de estas cuestiones ya abordé en 2001 como un cierto origen arqueológico de esta nueva “topología” en un texto que evocaba el nacimiento del diseño del plano del metro en Londres a cargo del ingeniero técnico Henry Beck. En aquel ensayo de hace algunos años prefiguraba el carácter virtual y ordinal de un nuevo sistema de orientación en la red del metro como una antesala necesaria y “topológica” de nuestro “cibermundo”.

Primer boceto del diseño del plano del metro de Londers, por Henry Beck

El tutorial interno del propio dispositivo, que se autoexplica cobrando una suerte de vida propia y posesiva de nuestras voluntades, ha sustituido al anciano y enternecedor libro de instrucciones. Reinterpretando las instrucciones DADA de Tristan Tzara, cuyo manifiesto quizá fuera el origen de toda la literatura meta-tecnológica y medial, podríamos actualizar sus sugerencias perversas y tomar hoy el libro de instrucciones de un antiguo aparato para construir un poema arqueológico y hermético. Faltando el objeto operacional quizá la palabra muerta sólo pueda ser leída estéticamente, como pura literatura cargada de evocaciones. En todo caso no podría llegar a entenderse el significado cultural de lo que supuso DADA si no lo interpretamos como una descomposición de la estructura comunicativa en el contexto masivo que alude a ese vínculo sutilísimo pero fundacional entre lenguaje y medio. No parece casual que Tristan Tzara, al reinventar la poesía mediante el azar, tomara como material muerto el periódico…

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