Del miedo a volar y los prisioneros virtuales

Resulta sorprendente la facilidad con la que nos hemos acostumbrado al sometimiento y con cuánta astucia se nos ha vuelto dóciles. La experiencia de traspasar los controles de un aeropuerto en cualquier lugar del mundo debería inducirnos a pensar: ¿cómo hemos podido permitir esto? Sería posible una asociación de ideas que muchos considerarán perversa y otros indudable: ese momento de despojamiento de nuestros efectos personales en bandejas que deben pasar por un escáner, esa identificación de los objetos y su ruido opaco sobre el plástico, y los raíles con su tracción hacia la caja negra por la que un empleado de seguridad observa el interior, no puede parecerse más al régimen administrativo aplicado a los prisioneros. Es cierto que no hay brutalidad física sobre nosotros, y que los objetos nos son devueltos siempre que no resulten sospechosos, pero la atmósfera premonitoria parece el entrenamiento para un Apocalipsis similar a los que ya conocemos. Esos objetos que contienen nuestros bolsillos son depositarios de una antigua dignidad individual cuya violación resulta profética. En cada vuelo revivimos el simulacro de ser prisioneros de guerra.

Consideremos que es una especulación paranoica, y quizá sólo se deba al efecto percutor de nuestras cosas sobre las bandejas, que activa alguna memoria colectiva y asustada. O acaso sean los guantes de goma con los que nos tocan, o la inagotable necesidad de control que pone a prueba los límites de los derechos civiles hasta pretender vernos desnudos en un nuevo artefacto tecnológico en el que alguien invirtió esfuerzos intelectuales y económicos, y nuestra bovina pasividad ante el avance de un mundo administrado cada vez más férreo en un contrato social que resulta inaceptable, puede que sólo sea eso: una sospecha infundada. Pero todo ello se ha convertido en clima cotidiano que, conviene recordarlo, antes no existía y con el que hemos traspasado un umbral sin retorno.

Estamos en un nuevo estadio que podría resumirse en el comentario que se deja oír en la pantalla de una televisión en Annie Hall, la película de Woody Allen, en la que su habitual personaje de cómico con relativa fama responde a la pregunta sobre si ha cumplido el servicio militar diciendo: “en caso de guerra sólo podría ser prisionero”. Puede que, en realidad, ya seamos rehenes. No faltan motivos para esta evocación apocalíptica que se instala en los tránsitos aeroportuarios, pero lo más preocupante es la sospecha sobre la ineficacia de esas normas arbitrarias referidas a los líquidos, los cinturones o las suelas gruesas de las botas, variadas sin criterio alguno de unos lugares a otros. Todo ello sólo puede hacernos convenir que nos gobierna el capricho administrativo y nos advierte sobre nuestra total vulnerabilidad a un régimen del terror que no viene tanto de los ataques episódicos de Al Qaeda, estadísticamente improbables aunque suficientes para despertar al dragón de la histeria colectiva, sino del terror impuesto por los Estados y sus alianzas internacionales. El Estado mismo lo es del pánico preventivo instalado en el cinismo y propagado en cadena de unos a otros en la empresa de una seguridad que nos somete a este extraño ritual cuyas salas de espera dispendian nuestro tiempo. Mientras aguardamos en esas colas interminables sabemos a ciencia cierta que tarde o temprano alguien conseguirá burlar de nuevo las medidas de seguridad para conseguir su propósito episódico y recurrente. En el camino perdimos algo de dignidad.

“El terrorismo, otro tipo de paranoia. Leyendo una revista en la sala de espera del terapeuta se le ha ocurrido una idea, la solución perfecta. Es un artículo inocuo sobre estadística, y sin embargo le sirve de chispa. La única forma de superar su miedo a volar es que él mismo lleve la bomba. Sí. Así de sencillo. Quiero decir: la probabilidad de que haya una bomba en un avión es escasísima pero la posibilidad de que haya dos es demasiado remota. Así que la solución que se propone es llevar siempre consigo una bomba, de esa forma se asegura de que ninguna bomba estalle. O tal vez no. Ya poco importa. La doble negación de la realidad siempre es más segura.” [Alberto Santamaría, B, Santander, El Desvelo, 2010, p. 22-23] Alberto Santamaría relata en B, una obra que transita entre lo poético y lo narrativo, esta solución final de un personaje de ficción, una solución que podríamos extrapolar a una huelga general de las bombas por la que todos lleváramos artefactos explosivos colapsando la excepción del atentado, una reducción al absurdo de los miedos colectivos. Sobre esta prevención y su contabilidad probabilística, en el estudio de las estrategias que minimizan los riesgos, el mal menor se vuelve vírico y global, como una enfermedad atenuada pero crónica, para establecerse en estado general de las cosas, en la omnipresencia de los sistemas de control y una nueva relación con el poder. El mal está inscrito en la disculpa antiterrorista, como ya sabemos, pero su metástasis no deja de sorprender y, sobre todo, no deja de enlazar con otros síntomas que hacen del fenómeno un problema del nuevo mundo en el que han sido desmanteladas las defensas ideológicas de los individuos, las masas o las multitudes.

En el lugar de la conservación colectiva de la masa o de la clase social, comprobamos la violencia con la que los privilegiados asumen el estado de guerra bajo la forma de autodefensas desproporcionadas que se parecen bastante a una reacción autoinmune del propio sistema. El victimismo siempre fue la mejor disculpa para la erradicación del otro, la mayor parte de los pueblos que atacaron a otros lo hicieron invocando una amenaza. Pero más allá de las grandes migraciones de la destrucción el problema se reproduce a escala en la vida cotidiana. En la década de los 90 del siglo XX, en la apoteosis de ventas de modelos de todoterreno a pesar de que su destino final fuera el uso estrictamente urbano sobre vías bien asfaltadas, se comercializaron los Hummer, vehículos militares, diseñados para la guerra y disponibles para los civiles a partir de 1992, que agigantaban la idea de un coche de ciudad hasta convertirlo en un tanque que circula por las calles. Virtualmente se trata de coches destinados a transitar entre los cascotes de una demolición. Dejando a un lado las consideraciones medioambientales sobre el uso de estos vehículos que producen una alta contaminación, lo más revelador resulta ser el imperativo de seguridad que se convierte en la motivación principal de un importante mercado automovilístico. En cierto grado, no es una búsqueda de seguridad vial lo que hay en el perfil de consumidor que adquiere tales máquinas, sino una autoprotección que llega a ser una agresión preventiva contra el entorno próximo.

Compartimos el espacio de los asientos en los transportes sin poder llegar a un acuerdo sobre quién apoyará el codo sobre el único reposabrazos que separa los dos asientos en una insultante muestra de tacañería y mezquindad del fabricante. Ese que quiso dotar de más asientos al transporte, ya sea un humilde autobús o un avión. Tal incomprensible error de contabilidad (a dos pasajeros le corresponden dos reposabrazos) desencadena una ira reprimida y ejemplar que se proyectará sobre el viajero contiguo, un tipo que probablemente no ayuda a repartir el espacio y que nos recuerda que el mundo se divide entre quienes ocupan más espacio del que necesitan y aquellos que se encogen para que los demás quepan, o entre aquellos que pasan primero caiga quien caiga y aquellos que dejan pasar. Esa especie de ser humano que no tiene noción alguna de la vecindad es el origen permanente de un estado de guerra que empieza en la más oscura y silenciosa vida cotidiana, esa que no merece ser comentada al llegar a casa y que por el contrario se sublima en la ira que iniciará la invasión del espacio del otro. Invadimos Polonia en cada pequeño estallido de ira, en esa “psicopatología de la vida cotidiana” que Freud anunciara en 1901 al comienzo de un siglo que alumbró las primeras dos grandes Guerras Mundiales.

Buena parte de la industria cinematográfica y televisiva de los Estados Unidos construye sus ficciones sobre la premisa de una profecía autocumplida en la amenaza simultáneamente exterior e interior. Ese modelo paranoico conjurado en la ficción es rastreable en infinidad de variantes en las que asistimos a la peripecia de personajes, por lo general reprsentantes de la ley, envueltos en tramas conspiratorias globales. Tras la caída del muro la proliferación de enemigos imaginarios más allá de los contrincantes históricos del nazismo y del comunismo revelaba que lo que subyacía era solo la reacción autoinmune de un imperio triunfante cuyo mayor peligro es su propia capacidad destructiva proyectada en su política exterior. El tema del magnicidio en América, la presencia de la reacción violenta y ultraconservadora, es un clásico que autores tan populares como Paul Auster han convertido en paradigma novelesco, como en el caso del personaje de su Leviatán, Benjamin Sachs, que sustituye el magnicidio por el atentado simbólico haciendo volar algunas de las innumerables réplicas de la estatua de la libertad que hay en los pueblos y ciudades norteamericanas. El caso Bin Laden manifestó el cumplimiento de esa profecía al haber sido entrenado por la inteligencia americana como antídoto contra la amenaza del Este. El gran error de Occidente fue pensar que su “otro” era el comunismo, al fin y al cabo un molde ideológico derivado del reverso de su estructura capitalista y segregación manifiesta de un modelo de autocrítica inscrito en el proyecto ilustrado. Su desplazamiento a la cultura rusa de principios del siglo XX y su ejecución en aquel contexto ocultaba el hecho de que había una natural continuidad entre los procesos culturales emprendidos en el corazón de Europa y su réplica radicalizada en la Revolución de Octubre. Tras la II Guerra Mundial aquello convirtió el mapa político internacional en una polaridad que sepultaría durante varias décadas los conflictos reales en una lucha de Occidente contra su propio espejo utópico.

El estado de malestar y el tono apocalíptico que anima una sonrisa entre la ironía tardorromántica y la resignación sería el tono de las nuevas literaturas de la “historia ficción”. Una permanente proyección hacia el destino de lo humano que explicaría los apocalipsis milenaristas y sus contrafiguras del cinismo. En ese trance emocional sobre el desajuste del mundo, por el que nos hacemos cargo imaginariamente de las desgracias ajenas en lugares apartados del planeta, se escribe la nueva crónica del fin de la historia a la que muchos han tratado de oponer algunos principios supervivientes. La conciencia de ese cambio de escenario global no podría quitarse de encima el inequívoco aroma de la profecía, aun cuando el escepticismo parezca atenuar su amenaza. Sólo la comedia puede sobrevivir en el bajo imperio cuando la épica es insostenible y la tragedia manifiesta. En ese momento la palabra cae a plomo como la lluvia ácida y son necesarias las imágenes mudas que condensan en su justa medida el espíritu de los tiempos.

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