Dos precauciones sobre la “escritura blog”, o las confesiones de “uno”

El uso de la primera persona en la escritura es siempre un ejercicio complejo por el que nos sentimos aludidos incluso cuando interponemos la máscara de un personaje de ficción que hable por nosotros. En el lugar del “yo”, tan obsceno, quizá debiéramos poner el “uno”, mucho más humilde y resignado a formar parte de la numerosa multitud. En el género de los cuadernos de bitácora y los blogs, uno encuentra esa especie de orgía de narcisismos por la que todo el mundo se siente llamado a decir lo que opina como si le importara a alguien. También con ello se alimenta la esperanza algo fantástica (como la de los avistamientos) de que es posible una democracia directa, o una revalorización del individuo en la multitud. Lo cierto es que hay gente que consigue congregar algunos seguidores de sus blogs y todo apunta a que ese narcisismo, en virtud de su proliferación a modo de plaga, llega a ser consentido por todos.

Salvando estas dificultades naturales que se me plantean, no puedo dejar de ver la “escritura blog” como un género que me recuerda a esa escena ante el espejo de Travis Bickle, el protagonista de Taxi Driver interpretado por Robert de Niro, en la que ensaya su propio desafío contra el mundo. En su autocontemplación preparatoria del ejercicio de una violencia que se explica como una suerte de justicia poética, Travis deja la huella inconfundible de un icono cinematográfico. Esa autorreferencia como enemigo formulada con el mítico “Are you talking to me?” quizá sea la mejor metáfora del eco autoexcluyente, y sin embargo decidido a salir a buscar al mundo, de ciertas identidades contemporáneas aventadas por la autoría del blog. El autor del blog habita el mundo anónimo de la multitud en la que trata de diferenciarse y, en el mejor de los casos, ser escuchado aunque sea mediante el uso de la violencia verbal.

El otro gran remilgo que se me aparecía empeñado en disuadirme de la idea de escribir en un blog era la inmediata y a veces irreflexiva ocupación de los temas. En la infinita variación de fórmulas de comunicación en Internet el “síndrome twitter”, el fragmento inmediato de información subjetiva, sirve para dar noticia sin reflexión de lo que (se) nos ocurre. Esta otra apoteosis de la ocurrencia, tanto en su ocurrir en tiempo real como en su condición de ejercicio ideativo, tiende a salpicar los temas que, a veces, hasta podrían ser interesantes, pero que nunca son tratados en profundidad. En efecto, se trata de puras salpicaduras carentes de rigor que no tienen ningún respeto por la magnitud de los asuntos que abordan. Hay gente que se googlea compulsivamente, como en otros momentos, o quizá simultáneamente, se masturba. Hay gente que mira su correo electrónico cada 15 minutos, y otros que actualizan su blog o su facebook cada hora. El colmo del acortamiento de este picoteo compulsivo lo constituye twitter, que como el movimiento nervioso de los pájaros y el piar permenante, nos informa con erupciones autobiográficas de lo que les pasa a los que lo usan. El secreto de Facebook, que ya compite en la gigantomaquia de internet con el gran Google, es esa misma pulsión del curioseo en el jardin de pequeñas deposiciones autobiográficas. Allí se vuelca todo y, como está interconectado, todo puede repetirse en diferentes caudales. Al pensar en el origen de estos nuevos géneros literarios (algunos mensajes de móvil son los mejores poemas que podremos llegar a escribir y apenas nos damos cuenta) parece que se hubieran llevado a la práctica los designios de algunas teorías contemporáneas sobre la cultura. Es como si la red hubiera realizado las fantasías de algunas derivas del postestructuralismo.

Cronológicamente los intelectuales franceses anticiparon este estado de cosas y sus virtudes y sus vicios parecen contagiados al nuevo estatus de subjetividades expandidas, multitudes desarticuladas y voces sin dueño que leen y escriben en un mismo gesto. Quizá la falta de rigor y algunas arbitrariedades sean precios que pagamos con la esperanza de que esa supuesta autorregulación que consigue que la Wikipedia tenga menos errores que la Enciclopedia Británica venga al final a hacernos justicia. Una justicia, desde luego, poética… Podríamos pensar que este texto escrito con el lenguaje del antiguo régimen, es decir, sin demasiadas faltas de ortografía ni demasiadas abreviaturas o neologismos, sea un preámbulo viejuno de lo que se vierta en un intento de hacer crítica cultural de otro modo. Lo cierto es que, si por un lado algunos sentimos repugnancia por las formas que autoindulgentes que adoptan algunos discursos internautas, con tintes subjetivistas o sentimentales, por otro no podemos dejar de reconocer que el panorama plural ofrece oportunidades inéditas de encontrar voces independientes capaces de ganarse sus adeptos por méritos propios y al margen de los medios de comunicación del pasado. Navegamos en esa ambigüedad transicional y, debemos suponerlo, el destino depende de nosotros. Quizá los sistemas de producción de conocimiento y las cuotas editoriales y grupos de poder que operaron en otro tiempo como garntías discursivas sean ahora abolidos y haya que filtrar de otro modo la histórica sobreabundancia de discrusos.

Los textos que componen este blog son comentarios de libros y obras artísticas, cinematográficas o escénicas. También integran este espacio fragmentos extraídos de algunas reflexiones o textos elaborados para las publicaciones en curso, ya sean ensayos sobre artistas contemporáneos que se publican en catálogos y revistas, o partes inéditas de otros proyectos. En definitiva, ese excedente de la escritura académica o profesional alimenta este blog cuya heterogeneidad acaso componga algún itinerario del sentido con el que fueron escritas.

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