Sobre la abducción o la lógica de la sorpresa

Charles Sanders Peirce

Los avistamientos tienen lugar tanto si uno anda buscando algo y por fin lo encuentra, como si no lo busca y el encuentro le sorprende. En realidad, el avistamiento, de lo que sea, satisface una demanda manifiesta o reprimida y aporta una pseudosorpresa, una confirmación sobre la existencia de lo insólito. En esa sorpresa comparece nuestra propia expectativa y no es del todo cierto que sea inesperado el avistamiento, sino que funciona más bien como la confirmación de una sospecha a veces largamente alimentada. Cuando damos con un producto cultural que nos hace salir de la indiferencia tenemos una sensación parecida. Más allá de la experiencia estética podemos intuir la metáfora del avistamiento también en aquello que nos irrita o nos da pie al comentario, pero sin duda intuimos que lo que nos alude de la obra es un síntoma de la sospecha que hemos tenido y que viene a confirmarse.

En realidad, la imagen del ovni, que se aparece y abduce al paseante campestre o al conductor que transita por una carretera desierta, tiene que ver con la experiencia de pseudosorpresa en el ejercicio de la crítica cultural. El encuentro secretamente esperado y el reconocimiento de lo insólito abducen. Lo hacen tanto por el secuestro de nuestra atención, que no puede dejar de mirar las cosas desde el ángulo improbable y certero de la sospecha, como por la inferencia sobre cómo podrían ser interpretadas en contra de la secuencia de los acontecimientos y en virtud de alguna combinación indemostrable de datos laterales que cooperan para establecer el puente entre dos puntos. Como quien salta por apoyos inestables para cruzar un río, la cultura muestra las analogías con las que ilustrar nuestra experiencia de la realidad.

El método de la crítica cultural parece ser abductivo, es decir, intuitivo, analógico, capaz de formular hipótesis plausibles. En su lugar muchos han propuesto la contabilidad estadística de las metáforas de un autor, al igual que otros creen hacer estudios de medios con bases científicas por ofrecer gráficas sobre el tamaño de los titulares en los periódicos o las veces que aparece una palabra. Las inferencias de la crítica cultural, como en otras “ciencias humanas” se parecen a ese tipo de hipótesis que estudiaba Charles S. Peirce para explicar la tipología de los razonamientos. Aunque pocas veces tenemos la posibilidad de verificar una hipótesis como las que se lanzan en la crítica cultural, lo cierto es que en ese lugar el lógico americano barruntaba el origen creativo de la propia ciencia que podría encontrarse también en otros ámbitos de las humanidades. Quizá fuera este tipo de inferencia la que llevó a Nabokov a predecir los destinos evolutivos de las mariposas mientras ejercía como conservador de lepidópteros del Museo de Zoología Comparada de Harvard. Clasficando los genitales de las mariposas azules quizá alumbrara algo más que su refinada prosa literaria, también algunas hipótesis plausibles que los científicos han verificado después.

Estas conexiones hacen palidecer, sin embargo, el intento de algunos divulgadores por mostrar los vínculos entre el arte y la ciencia, intentos en los que olvidaron que la abducción es la forma en que la razón aporta algo nuevo a los datos y trasciende la seguridad de las tautologías. ¿No es acaso la tautología, más que una forma de pensamiento, una forma de estupidez?

No importa, mientras tanto y muy a pesar de esa nostalgia del positivismo que muchos no serían capaces de reconocer, el mundo sigue ofreciendo avistamientos que valen la pena como pequeñas epifanías o, al decir de otros con tintes vagamente sexuales, experiencias estéticas.

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